La felicidad, ¿utopía o realidad?

Alguien dijo una vez que la felicidad no es un estado del alma, sino una actitud ante la vida. Aquí emerge probablemente uno de los conceptos más inefables, más difíciles de expresar con palabras concretas, y no menos perseguido por el hombre, descansando o torturando, en el inabarcable inconsciente colectivo. Un sinfín de versiones, contrapuestas -y superpuestas- de la frágil experiencia de vivir, hablan de la felicidad. Como si la conocieran. Constituye así una especie de inquietante y vehemente compañía del pensamiento, en cualquiera de sus manifestaciones: el imperioso deseo de aquello que no tienes; el anhelo de la memoria cuando cualquier tiempo pasado nos pareció mejor; la certeza de creer verla reflejada en nuestro próximo hallazgo…

¿Se siente mágicamente o se practica en el sano deporte de vivir con intensidad? ¿Se hereda? ¿Se estudia?¿Se busca?¿Se encuentra? Sin duda, se trata de una respuesta física, metafíscia, emocional, intelectual y experiencial. Nos enfrentamos a todo lo que somos en esta idea, ese sólido intangible repleto de interrogantes para nuestra parte racional, cuya solución se esconde en el recoveco más divino que poseemos, a modo de valiosa piedra filosofal. Ponemos a la sombra el brillo soterrado en el ruido y en las prisas de la calle. Una luz a la que no solemos dirigir la mirada (la mirada consciente y honesta) por miedo a la ceguera, aunque – paradójicamente- ya vivamos en la más absoluta y profunda oscuridad.

En palabras de Punset, amante de lo comprobable: “La felicidad es la ausencia del miedo”. Frases revolucionarias y palabras cargadas de sabiduría que nos sacuden por dentro 360 grados y nos devuelven, justamente, al punto de partida.

¿Qué sabio erudito podría revelarnos dónde se encuentra? Nadie lo sabe, pero todos vivimos con ella. Sentándola en la mesa, y compartiéndola, o repudiándola en un desván oscuro bajo siete llaves. De la cita célebre inicial, podemos intuir que no se trata de un lugar al que tengamos que llegar, ni siquiera de una meta, una meta utópica, o un destino frustrado en el perfecto intento de alcanzarlo… En este sentido, parece  ser que todo aquello que necesitamos  no se encuentra en otro sitio que no dispongamos ya, de serie, programado en nuestro interior y esperando a sentirse útil. De modo que, como verdaderos alquimistas, albergamos la voluntad y la posibilidad de convertir en oro lo que no nos satisface, desde una mirada cristalina hacia lo que somos, en el momento que elijamos, si mantenemos viva la imaginación para lograrlo.

Sospecho que la felicidad se parece a la integridad. Tal vez la máxima congruencia con la vida, entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos en cada instante. Entendiendo la vida como un instante eterno que solo puede transcurrir en el presente. Entendiendo el presente como la oportunidad de usar todas tus armas para la completitud.

Es el arte de darnos, como se dan los astros, las olas o los árboles en el planeta, sin juzgarnos, y con el valor que ello implica. Avanzando muy conscientes de nuestra presencia mágica, práctica y necesaria en este mundo que no elegimos, pero que sí transformamos queriendo o sin querer. El destino feliz es entregarse a la plenitud del camino, el de la realización, es decir, aspirar a elevarnos a nuestra condición más real sin intentar cambiar nada de nuestra esencia en cada paso.

Tomaron por loco a quien se atrevió a decir que la tierra no era plana. Lo lógico era creer la verdad relativa y limitante que había debajo de sus pies. Sin embargo, la perspectiva de alejarnos de las ideas asfixiantes nos demostró con el tiempo – y con distancia- que la verdad absoluta a la que el intelecto pocas veces se atreve a acceder tiende a ser redonda. Como siempre, “lo de fuera” no nos deja ser quienes somos, ignorantes de que el exterior es tan solo el reflejo y la manifestación de lo que llevamos dentro.

 

 

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