Creer o no creer, esa es la cuestión

¿Hasta qué punto las creencias dirigen nuestra vida? ¿Os habéis hecho esta pregunta alguna vez? Y no me vale la respuesta automática de: "yo no creo en nada". ¿De verdad?

Es que no estoy hablando de religiones ni de dioses, me refiero más bien a lo sutil, a aquello que nos acompaña silenciosamente - o a voces- en cada decisión que tomamos, ya sea grande o pequeña. Y es muy respetable la creencia en lo que se quiera, hasta ahí podíamos llegar, pero también es oportuno tomar consciencia de la implicación que tiene para nosotros ceder una pequeña parte de nuestra libertad a esos templos mentales que elevamos a la categoría de INTOCABLE.

Muchas personas de mente preclara, debidamente preparadas, inteligentes, con visión de futuro, intuitivas, con capacidad analítica, incluso buenas... creyeron que Einstein eran un niño tonto. Este crío es lento, no sigue al grupo... ¡Lo tiene claro! ¿Os resuenan estas afirmaciones?¿Os suena Einstein? El célebre científico confesó esta anécdota para explicar lo -a veces- injusto de la soledad de quien no sigue el obtuso camino de la mayoría y las consecuencias de poner una mente pueril al servicio de la capacidad universal: "me preguntaba por realidades más grandes, conceptos en los que los niños de esa edad no se detienen y dan por hecho".

Este amago de ignorancia, respecto a las sagradas, constructivas e intocables asignaturas del colegio, le llevó a cuestionarse grandes teorías científicas que regían sobre la vida humana y que, años más tarde, le llevaría a ideas geniales que tambalearían los cimientos de la ciencia clásica y ortodoxa. La Tª de la Relatividad o las bases sobre las que más tarde se cimentaría la revolucionaria física cuántica, son algunas de sus grandes aportaciones, y por esta y otras muchas virtudes fue nombrado personaje del S.XX según la prestigiosa revista Time.

Una de las aportaciones más asombrosas de esta nueva física fue la de pormenorizar la composición del átomo, en cuya estructura hallaríamos materia o vacío, indistintamente, en función de la percepción del observador; es decir, la mente del observador crea la realidad. De modo que es científicamente demostrable que las cosas ya no son como son, sino como tú quieras que sean (a un nivel más o menos inconsciente, claro).

Espacio vacío inteligente, una forma chula para denominar el inmenso océano energético que gobierna al pequeño átomo o al enorme universo de todo cuanto nos rodea.

 

De revolución en revolución, os presento a Mahatma Gautama, tal vez más conocido como Buda. Cuatro salidas del templo que le cobijaba, allá en la India en torno al año 400 a. C., le llevaron a encontrarse con personas castigadas por algún tipo de padecimiento, y esto le obligó a reflexionar sobre los grandes sufrimientos y las paralizantes dicotomías que amenazan diariamente al ser humano: la muerte, el apego, los deseos, la ira, la enfermedad... No aceptándolo -cuenta la leyenda-, la coyuntura le llevó a meditar durante largos días bajo una higuera hasta poder encontrar respuesta y solución en vista de tanto dolor en rededor. Sin comer ni beber, dicen, llegó al Nirvana, la iluminación, la máxima paz a la que la consciencia humana sería capaz de llegar. La perfecta sintonía con la vida, como cuando al árbol simplemente se le pide que lo sea, sin opinar sobre sus raíces o sobre si está bonito o feo sentirse árbol y no colmena. Buda se atrevió a desafiar los "designios" de la mente para hacer un viaje al interior de su ser y trascender cuanto él era para fundirse con el todo a través de la energía universal.

Desde esta perspectiva, dicho ser humano -elevado a dios en contra de su propia perspectiva del mundo- consiguió librarse de las cadenas que amarran desde siempre los puntos muertos del inconsciente colectivo o de la santa sociedad.

Ciencia y espiritualidad, como veis, se abrazan para contarnos que no son cosas tan distintas. Para retarnos -a pequeños seres humanos en que nos hemos convertido hechizados por el materialismo y tantos ismos- a cruzar la orilla de nuestras mentes limitantes en busca de libertad. La ciencia es objetiva, es empírica; la espiritualidad es subjetiva, no comprobable...¿Esto es así? Apostaría a que es la experiencia el reto del AHORA, del instante presente, para traspasar las líneas rojas que hemos aprendido a imponernos, por voluntad propia o ajena. La realidad es que todo cuanto miramos es subjetivo hasta que no comprendamos la inmensidad que somos detrás de cada creencia en lo insignificante. La objetividad descansa en la esencia, esperando con entusiasmo a que te atrevas a volver la vista hacia ella y no hacia fuera. Posa tu ignorancia en este instante y ahora dime en dónde estás colocando la atención vehemente y cómo te responde la vida que creas.

Creer o no creer, esa es la cuestión...

Escribir comentario

Comentarios: 0