12-M

Creo que hoy debería titular este post "El día después". Ayer fue 11 de marzo, pero decidí dejar para mañana las menciones (además, no me gustan las fechas señaladas, no me parecen importantes cuando le das la justa relevancia al tiempo). ¡Y aquí estamos! intentando darle salida a un artículo que no quiere dramatizar.

El día después... ¿alguna vez os habéis preguntando la valentía que supone enfrentarse a este día concreto?

Si tiramos de hemeroteca anecdótica muchas de estas experiencias querríamos haberlas evitado. Por ejemplo, el día después de "meter la pata"; el día después de consumir más alcohol de lo que tu cuerpo es capaz de asimilar; el día después de tener relaciones sin cuidado; el día después de un día soñado; el día después de comprar eso que tantísimo te gusta... Hay algo en todos estos momentos que nos hace desear volver atrás. ¡Ay! quién me mandaría a mí abrir la boca; no vuelvo a beber...; haciendo cálculos, según el ciclo menstrual, es imposible pero... ¿y si sí?; ¡jo! tanto tiempo soñando con ese instante y ya se pasó todo ¡qué bajón más grande!; ¡bah! si tampoco me gustaba tanto... ¿Os suena?

Yo creo que el 12 de marzo del año 2004 muchas personas vivieron -para muchos prematuramente- el peor día de sus vidas. Porque el día anterior fue un caos y fue horrible, y todos querrían borrarlo. Fue el día clave, el hito histórico, el comienzo y el fin de tantas cosas, la fecha en mayúsculas, el gran titular, lo que se recuerda año, tras año, tras año. Pero la primera luz de la mañana siguiente, resaca de lo injusto, abre en canal una zona de dentro que ningún científico ha podido demostrar todavía dónde se encuentra exactamente. Los médicos dicen que el corazón no duele, cuando te duele el corazón, no falla. Los grandes poetas decían entrañas cuando querían referirse a lo realmente profundo; un escritor que a mí me encanta, Albert Espinosa, se refiere al esófago como la zona más damnificada por nuestras emociones (supongo que esto será porque en el estómago ya viven las mariposas ajenas al dolor). En fin, creo que el 12-M a todos nos dolía algo con tanta intensidad que podríamos diagnosticar el dolor incluso fuera del cuerpo, algo demasiado sobrehumano como para poder tener remedio. Cuántas personas perdieron algo... La vida, la salud, la familia, la fe, la ilusión, la paciencia, la memoria, la confianza...

La indignación ocupó el lugar de todas las palabras anteriores y, en mi caso, no me costó demasiados años devolverla al olvido. No hablo de la cobardía, que pueda suponer cerrar los ojos a la realidad o de la frialdad que congela la sangre, sino más bien de vida. Eso que tanto valoramos que cuando atentan contra ella queremos morirnos. Paradojas de la vida lo llaman a esto... Aunque lo cierto es que cada día hay muchas muertes poco naturales, televisadas o silenciadas, de las que estamos bastante curados. La M del 11 es mucho mas mayúscula en Madrid que en Mali, y para la lógica de todos cualquier vida debería merecer la misma consideración. 

Pues bien, como decía, fui dejando de ser adolescente - por suerte o por desgracia- y comprendí que el mayor daño autoinfligido es el de la no aceptación. No se trata de resignarse o de puro coraje. De lo que hablo es más bien de otorgarle el merecido protagonismo al día después sin querer borrarlo -o borrarse- del mapa. Y esto pasa por no cuestionar "qué hubiera pasado si" cuando la vida siempre te responderá con lo único que podría haber pasado. Sí, a veces nos vemos repasando tres opciones o trescientas, pero era tan válida la de equivocarse como la de acertar. Para la vida de cada uno -que juega en una liga superior- es tan justo morirse como sobrevivir; asesinar como salvar; haber cogido el tren como haberlo perdido; perder como ganar... Porque eso es lo que a ti te tocaba descubrir y las opiniones de nuestra mente aún están, a día de hoy, muy por debajo de comprenderlo.

Cuando comprendes... ya no es impotencia. Sigue doliendo, para qué nos vamos a engañar, pero, no para arrojarte al más despótico sufrimiento, sino más bien para que sepas que sigues vivo. ¿Sufres o vives? 

Por eso el día después es una nueva oportunidad para dejar de sobrevalorar el ayer pasado que dejó de existir con cenicienta. Que esa metedura de pata fue desahogo; la borrachera ahogo pasajero; el chico de la otra noche el inadecuado; el "gran día" idealización o el capricho la distracción de lo importante. Si pudieses vivir cada día como el último, no habría un día después para recordarte que HOY es posible porque hemos crecido. Quizá perdiste el tren - o a alguien- para seguir creciendo o te moriste porque no tenías que crecer más, ni soportar este post. Quizá por eso coloco el punto final cuando ya estamos a comienzos de un nuevo 13 de marzo.

Sea lo que sea... ¡Hasta mañana!

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 0