Retropost: D-volver-me a la vida

Los domingos no voy a escribir, pero sí voy a publicar. Será el día de recuperar escritos, vídeos, imágenes o publicaciones del pasado, ya sea algo creado por mí, ya sea porque me llamó la atención y me sirvió en su día. Lo traigo al presente como nueva moda de lo viejo y tal vez para ti siga salpicando utilidad. Simplemente, quería añadir que la enfermedad solo pertenece al cuerpo, no a ti, y surge en la superficie como el aviso definitivo e imprescindible para poner solución a un profundo conflicto interior. Entender la enfermedad pasa por resolver aquello que es demasiado urgente como para seguir sin prestarlo atención.

 

La tendencia siempre es la misma. A cierta edad vulnerable, la masa – de levadura tan inflamable, como errónea – procurará absorberte a lo más hondo de su vacío (un vacío aparentemente acompañado). Un vacío de ideas y pensamientos comunes a la cobardía de no arriesgarse, de no intentar ser uno mismo; saberse diferente a la soledad de lúcidas personalidades que es escogida de motu proprio.

El raro no lo es, la palabra es “distinto” -original-. Parece apartado porque, a menudo, no se mezcla con lo que no consiente, ni entiende, ni le interesa. Al raro pocos se le acercan para descubrir cuan pesada es la carga de la realidad sin maquillajes. Es mejor flotar en la epidermis de pensamientos superficiales, eso sí, bien rodeado, que descender a los órganos vitales de una sociedad amordazada, sola, que intenta gritar a sorderas irreversibles.
A quienes se detienen en contemplar la verdad con sus cincos sentidos, la vida les golpea con una bofetada de su temeraria composición (violencia, indiferencia, injusticia, dolor…). Les debilita, al principio, el corazón y el alma ante tanto horror, para hacerles más tarde fuertes, en medio de una lucha convencida hacia la dignidad moral del ser humano que merece tal calificación: la de humanidad.
De esto quiero hoy hablar. Del duro camino que es necesario andar, desde la debilidad insoslayable hasta hacerte fuerte. Tan costoso es recorrerlo, como absolutamente preceptivo resulta transitarlo. Todo lo que vemos en esa travesía, todo lo que hacemos, todo lo que somos – y aquello que se empeñan en hacer de nosotros- tiene un objetivo fundamental: Crecer.

En territorio hostil, quien se la juega es un pequeño héroe de la calle. Los héroes son conocidos por arriesgar y salvar, ocultos entre la gente, por el disfraz mejor logrado, el de la humildad. El mundo al que hemos llegado es un lugar hostil y , quienes vivimos inmersos en él, somos pequeños héroes en potencia a la espera de arriesgar – con sólidos valores- y salvar nuestros sueños más profundos.
Cuando uno no termina de encontrar su lugar ni su misión, aun teniéndolo todo, cuando te miras en el espejo de la consciencia y el reflejo no te satisface, comienza la batalla personal. Proyectas toda una ira que no te corresponde contra la persona menos indicada: tú mismo o tú misma.
Y es que estoy cansada de ver en los medios y al cabo de la calle auténticos atentados contra una enfermedad que, quienes no padecen, desconocen absolutamente. “De personas superficiales y perfeccionistas obsesos; una moda extraña de jovencitos que ya pasará; una manera inmadura más, de personas que no saben como terminar de llamar la atención; apología temeraria de la televisión inoculada en cabezas perdidas; devolver el alimento que les devolverá la talla ideal – o idílica-…” No señores. La bulimia es mucho más que esto. La metamorfosis física – a menudo desafortunada- no es un fin, es un medio. Un método destructivo de aparente control y castigo hacia uno mismo. Es la soledad extrema y dolorosa de quienes no tienen nada más que perder, cuando ya hace tiempo se marcharon detrás de aquello que devolvían. Es un rostro castigado por una ENFERMEDAD llevada en riguroso silencio, una radiografía de almas que lloran, gargantas de palabras calladas, pulmones sin aire para respirar.
La primera vez que tomé conciencia de mi enfermedad, a la que he ganado muchas batallas, fue en un feedback de palabras honestas. Yo me abrí ante una psicóloga con mi problema, le dije: “soy bulímica”; me corrigió: ” No eres bulímica. Tienes una enfermedad que es la bulimia. De la misma manera que quien tiene gripe no es un griposo y , como esta, igualmente se cura”. No olvidaré cuando la misma psicóloga me confesó que ella no podía entenderme: “He estudiado mucho sobre esta enfermedad, he tenido muchos pacientes a los que he podido ayudar, pero no tengo ni idea de cómo te sientes, porque nunca he pasado por ello”.
Cuando una espera encontrarse mensajes reconfortantes y se da de frente con altas dosis de sinceridad, con las que no cantabas, emerge la sensación de profundo respeto hacia el profesional que tienes delante y hacia uno mismo. Entonces hay una especie de igualdad de condiciones en la conversación y abrirse duele menos.
A ti, que si has llegado a leer este mensaje es porque necesitas ayuda urgente, porque tienes esta ENFERMEDAD carcelaria y no sabes como salir de este círculo destructivo en el que te envuelve, a ti quiero decirte que yo sí sé como te sientes; que yo sí he pasado por la misma guerra; sé lo que vales, lo que deseas, lo que has sufrido y lo que te queda por pasar. Yo , que acabo de entrar en tu interior armada con mi verdad, ¿por qué iba a mentirte en esto? Se cura.
Imagino todas las veces que os habéis intentado convencer de que es imposible dejar lo que te mata, cuando aquello que te mata te mantiene vivo… Pero esas voces, carentes de luz al final del pasillo, son alienadas por un pensamiento erróneo  y caducado que ya ni siquiera os pertenece.
Cuando uno recurre a su lucidez (que está ahí esperando a que vuelvas), al sentido común, y en una balanza colocas los pros y los contras de las conductas categorizadas por la bulimia, con atino se da cuenta de la nula efectividad de las mismas: tu salud comenzará a resentirse en muchas áreas de tu cuerpo (si ahora no han aparecido los síntomas, pronto llegarán); la comida que liberas de tu cuerpo no llega al 50 por 100 de lo ingerido; el maravilloso esmalte de tus dientes será destruido por los ácidos, las estrías no esperarán a tu embarazo, tu corazón echará un pulso con la vida por cada vez que rozas la campanilla con los dedos; a tu rostro le pasa algo, no hay duda, empieza a ser imposible ocultarlo y, lo peor de todo, los daños psíquicos pasarán a ser cicatrices con las que tendrás que lidiar de por vida e incompatibles con vivirla.
Esta es la realidad. No digo que sea más fácil no hacerlo, pero es infinitamente mejor. Por mal que alguien se sienta, no gana absolutamente nada empeorando las cosas. No podemos ser víctimas eternas de nuestro inconformismo vital y, muchos menos, convertirnos en nuestros propios verdugos. NO TE LO MERECES y tú lo sabes bien. Lo complicado es luchar contra una enfermedad que yo comparo siempre con un tsunami (me encuentro ahora en ese punto) y he de decir que es muy costoso remontar, pero es la única opción posible, no hay más. Cuando dejas de vomitar, de maltratarte, y plantas cara a la enfermedad, comienzas a ver todo lo que ha arrasado: amigos, vida social, salud, juventud, vitalidad, amor… Te ves en medio de la nada, completamente sólo en apariencia, pero asumiendo que tampoco habrá ya nada capaz de ocultarte un horizonte al que, con sacrificio, debes llegar. Y se puede. Es tu meta y tú puedes hacerlo.
De repente un día te levantas de la cama y ya no sientes que eres frágil, te sientes fuerte para salir al mundo y dejar atrás todo un dolor, que marca, pero alecciona mejor que cualquier otra enseñanza. No hay mejor aprendizaje que el que experimentamos en primera persona a través del sufrimiento. Con el tiempo se controlar, todo esto te hará crecer, te hará humano, te hará fuerte. Te convertirá en una persona mejor de lo que ya eras. Serás alguien especial que si pudo con esta horrible enfermedad, podrá con todo. Porque si miras a tu alrededor, y dejas de mirarte a ti, podrás comprobar que aún quedan cosas maravillosas por las que merece la pena ser tú y estar sano para disfrutarlas y compartirlas.

Siempre hay alguien que te necesita, que te quiere, que te echa de menos cada vez que estás y no estás, quizá son pocos, pero, sin duda, suficientes. No estás solo cuando estás contigo. Ahora toca construir. Lo bueno de empezar de cero es que puedes empezar por y como quieras. No hay prisa y no es tarde para quererse y aceptar las cosas que NO se pueden cambiar, y luchar por las que sí somos capaces de modificar, únicamente con salud y dignidad. Nadie vendrá a hacerlo por nosotros.
En el fondo sois personas mágicas, con todos los condimentos necesarios para cambiar las cosas. Os convertiréis en esos pocos, pero valiosos, héroes que el mundo real necesita. Yo decidí “de-volver-me a la vida” ¿y tú?

 

Estefanía, 15-01-13