Nosotros tenemos flores

Cuando se siente de cerca el dolor de lo ajeno, lo ajeno se tiñe de un color que no se parece al de una bandera.  El negro es ese tono que -según la RAE- no refleja ninguna radiación posible y además el de una pena muy intensa que, por otro lado, siempre lo es. La xenofobia  admite esta gama como emblema. El cine negro – también novela- no va precisamente  de comedia… Sin embargo, acogidos al símbolo, nos cuesta creer que el negro se aproveche de las limitaciones visuales humanas, al ser este percibido como una ausencia total de luz en el espectro cromático. Ayer el día volvió a ser negro y el miedo volvió a ser protagonista mediático.

Y es que solo el miedo podría estar detrás de un atentado, cuando en medio de él solo hay valientes regalando su vida a lo –que para muchos resulta- excesivamente injusto. Pensar que nadie se marcha ni un segundo antes de su hora –independientemente de la forma de partida- no reconforta en momentos en los que el negro tiende solo al frío. Pensar en seres cosificados al yihadismo produce el mismo odio y el mismo miedo que las bombas, y genera seres buenos de pensamientos malos y corazón sin latido. Porque el corazón social ha dejado de empatizar con lo que no está pintado entre las líneas de su mundo cerrado o de su limitante bandera. Si la muerte no vale una lágrima siempre, entonces no vale nunca nada, y desde esta gélida oscuridad debería congelarse la aprensión a no vivir eternamente.

Yo temo, especialmente, la falta de información sobre un ahora que permita SER conscientes, en cualquier instante y lugar, de cómo utilizarlo bien (el presente), y no de cómo malgastarlo al sentir tanta saturación de sombra desde los primeros claros del día.

Y es que solo el miedo paraliza sistemáticamente las reacciones físicas que bloquean el acceso a la cordura. Solo él podría estar detrás de la emoción que surge ante la posible-inminente pérdida de aquello que parece valioso, tan valioso que en una milésima de segundo se nos escapa sin cuestionarse nuestros temores. Miedo a la muerte; miedo al dolor; miedo a estar vivo. Paradójicamente, la misma muerte, de la cual nadie tiene ni idea, es un momento tan pequeño como grande es la vida, pero el pánico latente no nos deja pensar en aquello que todos los días está disponible, a nuestro alcance, sino más bien en lo que a cada segundo perdemos (lo llaman tiempo). La consciencia no evita la muerte, a la que damos torpemente connotaciones antinatura, pero puede evitar el sentimiento atroz de que suceda lo de ayer o de lo que te pasará mañana… Cuando lo único que está pasando es este instante y lo único que se te pide es que lo vivas.

De modo que aquí el miedo no tiene sentido, porque ahora a tu integridad no puede pasarla nada (salvo morirse, si toca). Las heridas duelen menos que el miedo a ellas… Y la violencia no tendría razón de ser sin esta apología de pertenencia al (lugar, material, credo…) miedo.

Ahora, en este momento, yo no puedo dejar de recordar y compartir una escena anclada en la menoria y enmarcada en las condolencias de los atentados de París. En ella un hombre, que no parecía francés ni europeo ni occidental, contestaba a su hija (quien afirmaba tristemente que "ellos" tenían bombas): PERO NOSOTROS TENEMOS FLORES.

 

 

(Descansad En Paz también los vivos).

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