Me lo enseñó mi perro

El animal y el hombre, entendido este último como un ser evolucionado al borde de la razón. De los dos, el hombre se erige como el amo, como el dueño perfecto capaz de adiestrar a la fiera con maestría.

Sin embargo, algo me pasa por dentro cuando de mi especie aprendo buenos ejemplos (o, por qué no decirlo, buenos ejemplos a partir de los malos que son los doblemente positivos...), pero de mi perro, en cambio, solo pienso en el ejemplo (EJEMPLO en mayúsculas y con galletas de colores).

En algunas ocasiones (más bien todas las que lamento lo rápido que ha pasado el tiempo a su lado) me entristezco de felicidad plena cuando observo tanta honestidad en su gesto siempre fiel. La felicidad del momento, la infelicidad de la nostalgia anticipada. Ese instante presente que él conoce tan bien y coloca lo primero, que agota en cada segundo -junto a él- acelerado.

En la recta final de su vida, sigue demostrándome que es posible, que cada hueco se puede llenar con la misma intensidad del primer día, aunque te duelan más las piernas o se te "vaya un poco más la pinza" de lo que estábamos acostumbrados... aunque solo te sobren uno, dos o tres años de vida en los que él nunca piensa. Y, sí, tal vez he elegido ahora este regalo dialéctico -que nunca necesitará escuchar porque de corazón a corazón se sabe-, este presente en el presente, porque cuando recordarlo forme parte del pasado, entonces flaquearán las fuerzas en contra de toda convicción personal sobre, ante la duda, ser valiente y de hierro.

Hace tiempo leí que cuando un perro se deja su brillo en la mirada, cuando le vida le resulta ya demasiado pesada, simplemente, te mira a los ojos con contundencia y te lo dice... Yo os juro que, a pesar de sus años siete veces más intensos, ninguna mañana he dejado de iluminarme antes por su brillo que por el sol. La comida es felicidad; pasear es alegría; volver a verte es dicha -acercándose a la puerta el triple de despacio pero el doble de contento que cualquiera con su juguete que puede ser, tranquilamente, tu zapatilla vieja-; el cambio que tú decidas para él estará bien... y el gozo de vivir nunca encerrará más entusiasmo que ese significado concentrado en un solo rabo.

Luego separo la vista de la suya (de lo que siempre supondrá arrepentimiento), la levanto, y enciendo la televisión por si algún día un telediario me sorprende y alguna heroicidad humana vuelve a convencerme de que cierta racionalidad y estupidez exponencial no son la misma cosa.

Dejo de ver luz, brillo, dicha y felicidad. Dejo de ver honestidad. Observo con estupor la máxima potencia de la sinrazón; de la crueldad; de la contradicción que supone la práctica de dejar de ser lo que se es y dejar de hacer lo bello que cada uno y cada una ha venido a hacer. Una especie de personas abonadas a la resistencia ante el cambio, intento que pudiera entregarles una cola que mover. Seres humanos que compiten para ver quién sufre más o que simplemente compiten por vete a saber qué tontería nueva. Cromos repetidos de una vida que se deja de lado por las cosas que nunca fueron importantes, pero que llenan titulares bien grandes.

Y, algunas veces, veo incluso "dueños" que maltratan a sus "bestias" por alguna buena razón que ninguna persona logra entender.

Entonces apago la televisión, para descansar de tanta mentira obcecada en su brillante opinión. Ares... me mira, me sigue hasta la habitación con gesto vehemente, y vuelvo a aprender de nuevo que todo se me olvida cuando el amor, en forma de animal, no se pone excusas para darte las buenas noches y agradecerte otro día cargado de incondicionalidad y de vida. No lo digo yo, que no sé mucho de casi nada, lo vi en instantes tan pequeños encerrados en grandes momentos y, por supuesto, me lo enseñó mi perro.