El cielo abraza al hombre y al toro

Mientras los mortales no salen de su particular ruedo, y siguen dándole la vuelta con capotazos de ira, rabia y odio... el cielo se expande y abre los brazos a un joven hombre, de cuestionada profesión, y a un toro, de incuestionable beligerancia, con nombre humano.

Un corazón bravo, herido en la arena y en su reata ancestral, preguntó a la vida si sería justo atravesar el de su matador. En un equilibrio perfecto, la naturaleza, que no juzga sobre arte pero entiende de lo bello, nos devuelve sin error aquello que le ofrecemos.

Paralelamente, el juicio popular -de tantas mentes ávidas por exteriorizar su guerra interna- hace mucho más ruido que la pena. Se castiga el maltrato con el temido rencor de arma blanca; se defiende la vida deshonrando la muerte del igual pero contrario...

Y yo, humildemente, pienso que en medio de este ritual de orejas cortadas, de dobles morales y empatía en peligro de extinción, no es posible rendirse al vacío inteligente ni escuchar la señal que despreciamos de nuestro corazón que, aunque todavía en marcha, suena lejos.

Es suficiente el menosprecio, es osada la capacidad de robarle veinticuatro horas tras veinticuatro horas a un incesante latido que nos regala aquello indeterminado de lo que procedemos y a donde nos vamos. Es deficiente el hecho, es cobarde torear la vida sin asumir las responsabilidad individual de aportarle a los demás nuestro más hondo sentido de vivirla...

Para el recuerdo: de un hombre atrevido que, en su inconsciencia, asumió la derrota ante el totémico animal al que entregó su vida y su corazón; de un hermoso animal que, en su inconsciencia, regaló la mejor muerte a la persona que, paradójicamente, lo hería pero lo amaba; de una sociedad moderna que, en su inconsciencia, ha olvidado el AMOR a cuanto le rodea, que cura la enorme brecha, sacude la historia sin volver a caer en el ho(e) rror, y que la muerte, que no detiene nada, no es más fuerte que este.

 

 

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