¿Buenas personas?

Con motivo de varias opiniones que últimamente se han cruzado con mi atención, ha surgido este post. No pretendo herir sensibilidades, no soy tan "mala persona" :)

Supongo que hay niveles y tipos de inteligencia muy elevados que, pudiendo dar la vuelta al mundo que asusta, potencian el delirio de la distorsión; habrá también quienes no lo hagan enfocados en justamente lo contrario. Pero existe un ámbito aparte. Hablo del campo de la consciencia, de ser consciente o no serlo, que nada tiene que ver con la masturbación intelectual de sobresalir por encima del resto, para el resto o para un@ mism@. Nada tiene que ver con ser mejor o peor, sino con ser, cada vez con más lucidez, lo que se es.

En el primero, en el terreno intelectual, cualidad de lo humano, el mundo es como un gran campo de batalla. Un afán por interpretar el perímetro para aspirar a colocarse en uno u otro flanco, en función de lo aprendido. La visión maniquea de lo que es bueno o malo y la actitud beligerante -y consecuente- de defender la posición y de convencer acerca de la misma. La inercia evolutiva nos ha llevado a construir y a consensuar, de la -aparente- nada, ciertos principios universales, a caballo entre las dos trincheras, que nos posibiliten seguir evolucionando en sociedad. Por lo tanto, es evidente que experimentamos una separación dual insalvable siempre que no podamos elevarnos, por encima de las granadas, para entender más allá de los símbolos que consumen nuestros sentidos.

Por su parte en el segundo, en el espacio de la consciencia, cualidad de lo divino, se diluye el combate. Desde el sistema de creencias particular de cada subjetividad, para los buenos creyentes, dios será el arquetipo antropomorfo de alivio frente al terror de morir; para los malos realistas, dios no será nada, nada más que una ilusión de la atrevida ignorancia de los pobres mortales. Para ambos, sin saberlo, Dios es la misma cosa y ninguna de las anteriormente descritas, permaneciendo en sendos casos mucho más cerca de lo que se cree. Es entonces el nicho de completitud y perfección que nos espera dentro, desde siempre, en la cima de la experiencia humana por cuyo propósito venimos aquí.

 

Ayer leí un artículo, con una maravillosa intención y con partes muy interesantes, relativo a la necesidad de incorporar, por encima de todo, a buenas personas en el mercado laboral (indicando además la baja incidencia  sobre esta cuestión). Tan solo el hecho de plantearse la bondad, por la repercusión práctica y global que esta cualidad acoge -y más si el intrépido se enfrenta a un contexto empresarial-, ya es esperanzador. Sin embargo, y es tan solo mi convicción, si todos fuésemos la buena persona que el autor describía, con tanta pulcritud y vehemencia, casi ficticia (que lo somos en potencia, si ganamos en consciencia y en acto, perdiendo en batallas),  no estaríamos aquí. La existencia humana es prueba de evolución. Los que son malos (ante la atenta mirada de la conciencia colectiva) son tan malos como en algún momento lo fueron los buenos que aprendieron a serlo. Las personas, en ocasiones, necesitamos experienciar una forma de vida aparentemente equivocada, desviada o comparada, para crecer y llegar a parecerse a la normalidad que, en realidad, implica una vida provista de Amor. La dualidad es un curso formativo, más o menos lento según la percepción individual, hacia la eterna totalidad que todavía no entendemos y que no tantos saben respetar por defecto. No hay malos ni buenos en esencia, hay roles y hay funciones aceptadas en la manera de percibir y fabricar este sueño (en un plano -de tantos- de realidad) que, para cada un@, resulte la vida. En definitiva, y aún así,  parecen ser -los dos polos- inevitablemente necesarios, desplegando sus efectos en la sombra misteriosa de lo que no podemos ver.

 

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