Jesús, el gran maestro espiritual, nunca fue cristiano, siempre fue libre

Muchas personas, en la actualidad, conviven con la ingrata sensación de constante amenaza ante un inevitable cambio de paradigma globalizado. Un cambio que viene llamándonos a voces bajo el influjo de lo verdadero, tras el telón social coyuntural, en esa especie de fino hilo conductor que puede unir de manera inexplicable un astro en el universo a una célula biológica. La magia de la vida no conoce barreras entre lo macro y lo micro, fundiéndose sendas maravillas en un baile callado y eterno. La nota disonante la pone ese ser superdotado, que se subestima, de capacidad racional consentida por su tripe cerebro evolucionado: hablo del humano ser.

La posibilidad de racionalizar nuestra vida, pareciendo nosotros la especie más avanzada de la creación, ha ideado verdades artificiales. Artificios que perviven al margen de ser, en esencia, naturales y sanos para el desarrollo colectivo e integrador. De este modo, dividimos en grandes temáticas aquello que nos conmueve, enfrentándonos –armados con las nuestras- a ideas aparentemente contrarias y defendiendo valores que dejan de estar justificados en la rígida e irreflexiva sed de ganar (o de no seguir perdiendo). En este sentido, es fácil –y desesperanzador- encontrar, por ejemplo, una elocuente exposición en defensa de una determinada religión (caracterizada, verbigracia, por prometedores principios supremos y humanos de bondad), agrediendo al mismo tiempo –con verbo o sin él- a otra persona que, de alguna manera, no comparta la propia perspectiva. La paradójica falta de integridad, que se produce cuando aquello que pensamos y sentimos no concuerda con lo que decimos o lo que hacemos, diluye cualquier tipo de poder –por ancestral que este sea- otorgado voluntariamente a los emblemas o símbolos humanos y sociales más consolidados a nivel mundial. Es la fiebre de la libertad individual la que se ha ido contagiando en dirección a los reductos inquebrantables de la libertad del otro, y sigue germinado, por alguna razón latente en constataciones venideras, la pandémica enfermedad del ego desconectado y enganchado a la droga ideológica.

 

Si pudiéramos por un momento considerar que a los seres humanos nos une todo y nos separa únicamente nuestra forma de pensar, comprenderíamos entonces que el problema no está precisamente en elegir un partido político; no radica en las viejas costumbres ni en las nuevas tendencias; no se encuentra en la altura hallada para cada profesión; tampoco puede ser buscado en el pedazo de tierra que alguien consideró suyo o en el irrelevante círculo cromático de la epidermis, ni mucho menos en la morfología genital que a todas las especies sirve como complemento del –supuestamente- contrario. Los grandes titulares dicen que la mala noticia se llama violencia de género, clase política, fanatismo religioso, xenofobia, terrorismo, corrupción, desigualdad, catástrofe natural, accidente de tráfico, doméstico, humano… falta de medios para la supervivencia, falta de conocimientos para la cura de la enfermedad, falta de ética para lo convivencia digna o exceso de muertes para la vida. Hoy sabemos que la gran solución permanece en el don y en el talento del hombre (en genérico), pero, asombrosamente, al mismo tiempo ignoramos que el problema no descansa en el hipnótico contenedor social en el que descargamos nuestras mejores miserias para desechar la culpa.

 

El sistema de pensamiento, que tanto desarrollo positivo encierra, sigue sin desviación las nefastas conexiones neuronales impregnadas en el circuito de la historia. Cíclicamente, van repitiéndose acontecimientos similares pero distintos; motivados todos ellos por el ser humano, aunque asumidos enteramente por las distintas sociedades de cada pretérita contemporaneidad (y sus magnánimos ismos). Aun así, ante el riesgo de lo diferente, se sigue anteponiendo la ineficiente tradición del pasado, la convicción de lo que no resulta. De esta forma, primero nacieron los grandes maestros espirituales; los genios y sus ideas brillantes; los lazos familiares ejemplares; la magia de la naturaleza; el servicio profesional a los demás; las grandes dotes económicas y comerciales; el avance tecnológico y exponencial…y tantos afluentes de las inmensas virtudes universales -materia prima de lo humano-. Un gran hito memorable para cada época, que después, muy lejos de ser asumido como flujo natural de la vida (en cuya danza somos inevitablemente bailados) se moldea, se interpreta, se etiqueta y se perturba con tal magnitud que crece hasta alcanzar la tragedia legendaria (gracias siempre a la ir-reflexión desvirtuada de las personas frente a su inabarcable, inagotable y simplificada realidad umbilical). Es entonces cuando -sin saberlo- la incomprensión aflora, vibra y atrae en resonancia temerarias síntesis de sinrazón encubierta, que seguirán constituyendo, indefectiblemente mientras duren,  la sombra inevitable de la (in)humanidad.