Mientras se encienda el árbol

Si hay algo que me gusta de estas fechas es que, casi como por obligación, hay que dar el callo. Da igual lo que te apetezca hacer o no, que tienes que darle salida a toda esa  ilusión por la vida –que llevas ahorrando durante el resto del año- en su inagotable gama de colores esplendentes. La mayoría de las personas se quejan de la Navidad, por el cuñado de turno o el maratón de fogones, principalmente. No poca gente cena tristeza cuando las sobras son los cubiertos del nuevo decorado… Aunque, no nos engañemos, la verdadera pena nace cuando, tan efímeras, pasan de nuevo. En el fondo, esa quimera de escenificar entusiasmo -por narices- nos deja un regustillo que no nos tiene -ni siquiera a estas alturas- acostumbrados.

¿Qué nos pasa? Parece que tiene que llegar una excusa de atrezo para poder comprender más de trescientos días incompletos, para poder comprar el tiempo – rebajado y de descuento- y celebrar que un día vinimos con vocación de dioses anónimos, y que después de tantas Pascuas permanecemos, impertérritos, dentro del cajón, junto a los cubiertos impolutos de no ser estrenados.

En este epílogo del 2016, sin embargo, hay motores que no cesan su actividad por vacaciones y familias que desearían estar en cualquier otra página del calendario que no fuera esta. La famosa angustia de ir a flagelarse a otro sitio, donde cualquier otro tiempo caducado fue mejor o donde todo eso pasaría en otras casas no tan inmunes como la nuestra. Y es tan cínico creer que el sinvivir del vecino no es nuestro sinvivir… como creer que la opción buena es jurarte odiar las fiestas para los restos. Si hace veinticuatro años me dijeran que no existe la magia, que se puede llorar de algo distinto a la alegría o que dejaría de imitar a mis predecesores con fuerza, posiblemente habría escrito una carta como esta.

Queridos seres humanos: no sé si he sido buena este año, pero tengo unas cuantas cosas que quisiera “pedirme”. Convencida de que dentro de un tiempo, tan fugaz como una estrella, esta niña que os escribe tristemente habrá madurado, me pido un corazón último modelo, de rojo Papá Noel, que sea capaz de aceptar un mundo que hace tiempo me regalaron. Qué tenga pilas de esas que duran, y duran, y duran… y poder amar tan rápido que siempre gane yo, en la siguiente vuelta del violento Scalextric de la vida.

Para poder comerme el carbón con latidos musicales y hacer tantas cosas jugando que a mi paso solo caigan caramelos, aunque sea enero y en cuesta.

 

Lo dicho, no sé si he sido buena, porque los mayores están confundidos y me confunden a mí. Me parece que voy a tener que equivocarme mucho si tengo que olvidarme de esta niña encantadora y de esta carta de mi alma escondida, pero, por favor, nunca os olvidéis vosotros, queridos y mágicos humanos, de esa máquina escondida, de rojo Papa Noel, que para siempre podréis envolver de regalo mientras se encienda el árbol.

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