Pensando en Pablo Ráez: Noticias ordinarias y noticias extraordinarias

A estas alturas de la historia social a nadie le resulta algo exógeno de lo ordinario una guerra, una violación, un robo (del guante que sea), un asesinato (de vínculos, a menudo, impactantes), un conflicto… Menciono, como podéis observar, algunos hechos comunes que dependen directamente de la conducta humana. No hay que ir más lejos, la culpa no parece ser  de la vida.

Tanto es así que nuestro cerebro, proclive a la rutina  (que se diferencia del hábito en la lucidez de la intención), se ve capacitado ya para elevar lo anterior a la normalidad. Lo ordinario, por frecuente, es lo normal. Y los telediarios, tan ordinarios, rutinarios, normales y frecuentes en tantos hogares que pretenden estar informados, necesitan hacer mayores esfuerzos cada vez para combatir la sensación de costumbre, que podría acabar siendo una temeraria inhibición del miedo que siembran. Es decir, para que me entendáis, si una terrible inundación terminara siendo (ejemplo ficticio en este caso) algo típico, una constante en nuestra cotidianidad, entonces necesitaríamos algo así como un diluvio universal para volver a sobrecogernos.

Del mismo modo, otra especie de sobrecogimiento que manejan en modo experto los que desean (in)formarnos es el que produce la incógnita (que se diferencia del misterio en que este no existe, en términos de realidad, mientras su contemplación adolezca de respuestas comprobables; y, en cambio, aquella será potencial y empíricamente resuelta en virtud de la lógica y de la razón). Pues bien, todo eso que hoy todavía no sabemos; la ausencia de determinado conocimiento cuya expectativa, ya sea esperanzadora o deseable, nos mantiene atentos o, simplemente, la ocultación de información interesada (que no interesante)… constituyen las suculentas zanahorias que conducirán diariamente a los “borricos” a uno de los dos abismos de, verbigracia, la televisión: el del share o el del no ser. La audiencia, en estos términos, no es una cantidad de personas interesadas, sino más bien una cantidad de cifras interesantes. Y el ser humano, que asume las noticias como la ineludible autoridad que va describiendo su mundo, no terminará de descubrir adónde se lo llevan cada día mientras espera, en actitud autómata, un mundo mejor.  Y es precisamente el misterio, eso que todavía no es ni normal ni ordinario, eso que no existe por irracional, el combustible de las mayores y más inefables sensaciones positivas para la vida del ser humano. Esto que llaman felicidad, amor, compasión, energía, gratitud, vida, bondad, belleza, alma, espíritu, Ser, propósito…  resulta un misterio que (nos llena y) no llena y que tampoco llenará de importancia  (ni siquiera de redundancia) los titulares.

Lo antedicho queda siempre relegado al rincón de las noticias extraordinarias, las que suceden fuera del orden o regla natural, según las fuentes lingüísticas, y las que, en función de la percepción personal, suelen entrañar una connotación increíblemente positiva.

Por tanto, y por deformación profesional, se nos suele mostrar diariamente cómo la belleza de la vida no es algo normal, cómo los gestos épicos o los buenos deseos para la humanidad no son algo ordinario. Nos intentan ocultar o privar sin contemplaciones de aquello que por misterio (y por costumbre) nos parece extraordinario. Solo de esta forma tendría justificación y cierto sentido la experiencia de dejar de creer en nosotros mismos y en nuestros semejantes, dejar de creer en lo inconmensurable de ese otro mundo que subyace a la realidad solo por imposición, y no de forma natural.

Por eso, noticias y personas como Pablo Ráez nos siguen resultando realidades extraordinarias. Y automáticamente emerge el pensamiento nocivo de creer que la vida es injusta por prescindir, sin una razón prudente, de personas así (a pesar de que los medios también suelan prescindir de ello). De modo que después, acto seguido, se nos olvidan las heroicidades… consumidos por la maldad preponderante, enfrascados en este mundo ordinario, bajo, basto, vulgar y de poca estimación, según otra de las acepciones del diccionario de la Real Academia.

Porque en lugar de pensar en la dulzura del misterio, maldecimos la incógnita de finales perfectos. Porque por no creer lo que nos hicieron creer para no creer en nada (útil), nos resulta imposible ver verdad en la deidad ordinaria y de todos (los escépticos de la vida también). Se nos antoja improbable que la certeza amorosa contenida en todas las cosas (y en nosotros), haya sido capaz, mágica y no casualmente, de tomar forma coyuntural de chico ejemplar, revolucionando  los medios y los corazones con actos de compasión exponenciales hacia el  otro.

Esto nos han enseñado, por eso nos fijamos en la crueldad de que Pablo no haya podido vivir más, pero nos alejamos a la vez de lo sublime, de que Pablo existiera y cambiara su parcela de mundo y el nuestro a través de su ejemplo y de su sobrenatural sabiduría acerca de lo esencial.

Y entonces dictamos concienzudas sentencias, envenenados ya por la ordinariez de lo ordinario, que quedan muy lejos de esta chispa de consciencia:

 

“La muerte no es triste, lo triste es que la gente no sepa vivir”, Pablo Ráez.

 

No Descanses.En.Paz. Sigue.Siendo.Paz... donde sea que estés