Pobre de-mente

Es casi imposible no vivir con asombro lo que acontece a nuestro alrededor. Aunque lo realmente asombroso tal vez sea que alguien no se dé cuenta de ello, pudiendo llevar a cabo vidas tan carentes de sentido, desviando a su vez -consigo- el sentido de aquellas personas que puedan cruzarse en su dirección. Un hombre arrebata la vida de su esposa en presencia de sus hijos; miles de niños mueren de hambre porque el desarrollo de este mundo global no ha alcanzado para todos los lugares del planeta; un joven psicológicamente maltratado por su mujer se quita la vida; seres humanos con vocación de servicio al país se lucran aprovechándose de su posición; brillante ausencia del respeto a lo diverso; fallecen cientos de personas en un atentado perpetrado en nombre de dios… y un etcétera ininterrumpido. ¿Y si todo tuviera su sentido, su razón de ser? ¿Y si fuéramos todos (en lo sucesivo doy por hecho la inclusión del femenino) responsables de lo que no pasa?

Es muy habitual. Desde este lugar tan limitado de nuestra vida y de nuestra percepción, en este plano físico (que es el falso todo), no se pueden formular las preguntas adecuadas para hallar las medias respuestas que nos permitan  encontrar el significado verdadero de estar aquí. Esto es, situarnos en la dirección que consienta de manera inevitable la conversión de cada paso, de este entorno aparentemente desquiciado, en una razón de existencia.

Prestar atención a los medios, que cada día dejamos entrar en nuestras casas, no nutre de auténtico conocimiento esta experiencia de vida, sino más bien lo que alimenta es la extraña sensación de estar informados sin cuestionarnos el trasfondo de lo que constantemente almacenamos en nuestro haber. Simplemente, juzgamos y tragamos.

Y desde este mapa que muchos seres humanos comenzamos a abandonar, adquiere una enorme relevancia el papel tan sobrevalorado de la mente, del intelecto. Desde luego tiene su función, no puede ni debe estar de más, pero me atrevo a decir que trasciende su verdadero cometido para nublarnos así los necesarios horizontes infinitos -que son las metas universales-, las direcciones adecuadas que mencionaba al principio.

Ayer escuché una frase al gran Wayne Dyer, que parafraseando a –el no menos inmenso- Shakespeare dijo: Ve a tu pecho, llama, y pregúntale a tu corazón qué sabe. ¿Qué esconde el presuntuoso afán de aparentar, saberse o creerse intelectual o acercarse tan mínimamente a ello? Desde mi humilde punto de vista, pura ignorancia. Porque, aunque para estas personas “tan leídas” hablar del corazón sepa a merengue, para el sabio –que también históricamente cualquiera identifica-, para aquel conocedor de lo importante, lo esencial reside justo en este poderoso núcleo del cuerpo y de lo vivo. No como órgano físico o como metáfora poética, en cambio sí como la traducción energética de tan potente foco de luz (en complementación a la oscuridad que nos rodea y que no necesita mayor explicación). Otra frase que en el mismo contexto hace pocos días me fascinaba, esta vez de Albert Einstein, reza: Nada sucede hasta que algo se mueve. Por eso quien es consciente de lo invisible –que no inexistente-, como es la energía (sustento de toda cosa). sabrá emplearla para beneficio propio y ajeno, para él -o ella- y la humanidad, porque será consciente de que, ante su  quietud,  la vida –su vida- nunca ha dejado de moverse. El electro (mente)- magnetismo (corazón), por hombres de ciencia probado, siempre está en marcha, y poner los kilovatios humanos a funcionar en un mismo sentido positivo es cuestión, simplemente, de ser conscientes, es decir, de darse cuenta. ¿Qué pensamos? ¿Adónde nos lleva lo que pensamos? ¿Para qué esto que pensamos? El corazón, en términos de emociones, obedecerá los dictados de la mente y cómo nos sintamos dependerá inevitablemente de lo que hayamos pensado. Por eso viene al caso la afirmación que sigue: si te sientes mal es porque has pensado mal.

Y el origen de este entramado perfecto, sutil, inefable, imperceptible desde el intelecto, no radica en la calidad del pensamiento –que ayuda- sino en la cualidad del sentimiento -que transforma-. Las ideas personales del mundo son tan solo eso, creencias, y no saben de un globo conectado, sino de un lugar muy pequeñito donde no caben mentalidades diversas, aunque muchos sean, por otro lado, los adeptos a idéntico paradigma… ¿Qué sentimiento reside perenne detrás de cada muro (idea) auto-impuesto? Sin duda, el amor, cuyo significante es una mera manera de poder expresarlo. Una energía superior que nos conecta a la fuente de la que provenimos y de la que realmente nunca nos hemos separado (sí desconectado). Da igual si no la vemos, constituye una anécdota sin importancia lo que capte o no capte cualquiera de nuestros sentidos corpóreo-mentales. No son los únicos sentidos (son los obvios). La facultad de pensar, y enriquecer la manera de pensar, nos lleva a los procesos –en principio- lógicos de conformar nuestra identidad (lo que creemos ser, tener, merecer…) que consecuentemente sirve para separarnos: del punto de partida inocente; del amor esencial; del mundo que no encaja en la impermeabilidad de cada opinión madura… para luego describirlo a nuestro juicio, eso sí, cargados de razón. En este sentido, la corriente que impera afuera nos lleva a primar el competir sobre el cooperar; a creernos dueños de nuestra visión sobre la realidad e, incoherentemente, de la verdad particular (tampoco que esté mal ni bien será el caso). Se trata de elegir lo adecuado, la opción más útil para todos. De modo que, siguiendo esta inercia deformada, cogeremos un escudo para defender el territorio que nos ha llevado años levantar, para protegernos, aunque no pueda pasar casi nadie, para –inevitablemente- acompañarlo de una espada, cuyo doble filo, en algún momento, nos dañará. Y esto sí es un error evitable, aunque, por fortuna, reparable (no deja de ser la vida una constante oportunidad).

Siempre reflexiono sobre la típica y perfecta reflexión: las personas prefieren tener razón antes que ser felices. Yo diría que, muchas veces, preferimos tener razón a ser mejores. Porque relacionamos la virtud con infinidad de accidentes relacionados con la apariencia o la aceptación, compitiendo con el otro, tales como: el saber;  el poseer; la verborrea y/o la facilidad de expresión ante el grupo. Sin embargo, es curioso observar cómo, en general, no se atribuye sabiduría a la bondad, la generosidad, la tolerancia, el silencio, la honestidad intelectual, la empatía, el respeto o, por ejemplo, la prudencia (siendo estas cualidades la unión de más elevada vibración, esto es, el amor transformativo y trascendental al que he venido refiriéndome a lo largo del post).

Quienes han sido capaces de subir de plano, de elevarse sobre sus circunstancias en constante relación con el planeta, y de ascender en consciencia sobre el planeta mismo también, no desmerecen nada de cuanto nos conforma en esta experiencia efímera. Ni lo “malo” ni lo “bueno; la inteligencia o el sentimiento; su verdad o la ajena; lo imaginario o lo tangible. Simplemente,  han evolucionado en su grado cognoscitivo sobre sí mismos y, por ende, sobre todo lo demás. Han entendido, únicamente, que todo aquello que acontece es perfecto para el desarrollo personal y social, han bebido del aprendizaje que no se enseña en  las aulas (ni siquiera en la expectativa de la religión). He aquí un crecimiento del espíritu que jamás podrá limitarse a este suspiro de vida material, sino a cuanto acontece también en el subterfugio de lo que no podemos ver, de lo que no es mensurable ni pertenece al tiempo, pero con lo que sí seremos capaces de transformar las incoherencias de la humanidad, de instante en instante. Esto es todo lo que tenemos para recapacitar en cada decisión: este instante.

 

Lo útil del misticismo son los significados, chispas de luz que nos dejaron, como la que –entiendo- quiso propagar San Francisco de Asís, cuando dijo algo así como: “Busqué a dios y no lo encontré. Me busqué a mí mismo y no me hallé. Busqué al prójimo y encontré a los tres.”

Esta es una muy buena oportunidad para experimentar la grandeza en cada frustración, en toda decepción, en la serenidad, el miedo, el valor o el gozo; en lo inmediato, en lo que nos trasciende, en los demás y en el propio interior. Aspirando, más que al alarde intelectual o de pertenencia, a la grandeza del espíritu, al amor incondicional y al encontronazo -casi mágico- con nuestro profundo motivo de existir.

GRANDE