Rabiosa reflexión

Alguien me dijo una vez -y puede que me repita- que, para cometer una masacre y crear una obra de arte, a veces, era necesaria la misma cantidad de rabia. Y esta persona no creía referirse a que hay rabias de mejor calidad que otras, sino al uso que hacemos de ella y de cualquier otra emoción.

 

Creo que ese día, tras darme cuenta de esto, aprendí el concepto de responsabilidad de una manera más honesta conmigo. Y dejé de elegir a la carta lo que quería sentir. Y dejé de darle una valoración a lo sentido.

 

Me di cuenta además de las masacres que dejé por el camino y empecé a pintar Capillas Sixtinas con la rabia, que no era por culpa de nadie ni de la vida, sino únicamente responsabilidad de esta que firma.

 

Tal vez la lacra del sufrimiento, que -triste o felizmente- no nació de las palabras, sino en lo que hicimos de ellas, algún día pueda ser contemplada como el octavo arte.

 

Si la rabia y el sufrimiento fuesen aceptados como parte de la vida, de la misma manera que yo acepté la autoría de mis obras, nadie tendría miedo a sufrir ni perpetuaría las masacres que producen -siempre- otros con una rabia como la nuestra.

 

¿Y si la grandeza de lo bello residiera en el ejemplo de aquello, hermoso, que podemos hacer con lo que no nos gusta?

Sergi Torres: "Nuestra IDEA de bienestar nos está amargando"

¿Seguir amargados o cambiar de idea? Quienes se sientan profundamente movidos por esta reflexión, ahora son conscientes -si nunca lo fueron- de poder elegir.

Hoy me encuentro viviendo la entrevista, que ayer compartí con Sergi Torres, en cada golpe de tecla. Sergi es un ser humano conectado a cuanto le rodea por el susurro original (radical, universal...). Mantuvo una conversación íntima y eterna consigo, cuya generosidad es compartirla con la humanidad.

Desde muy pequeño, vio la sutil mentira en los grandes edificios construidos sin vistas a la vida. En las grandes vidas que obstaculizaban la propia serenidad. Transitó los oscuros caminos que el miedo señalizaba para llegar a la plenitud del silencio que se encontraba al final. Desde aquí, encierra la certeza confiando en la verdad, respirando profundo la conciencia que nos une a sabiendas de que en este punto efímero anda la paz pendiente de encontrarnos. Es aquí el lugar donde se descansa de esperar, como descansó Buda en aquella ocasión que se sentó a la sombra para dejar de soñar en la amnesia fundamental y ver la claridad, cansado. No resultó ser el mejor colchón para morir.

Y es que su abuelo le enseñó que la muerte no podía con el amor, porque su secreto escondía, en la luz, que solo se muere de no vivir, despreciando la oportunidad de existir plenamente en cada instante.

De manera que no ha sido un viaje exento de dolor, os podéis imaginar. Confiesa, por el contrario, haber sentido un sufrimiento tan inmenso como imposible de esquivarse. Ya no pudo volver a refugiarse en subterfugios de creencias donde nunca fue bienvenido. Creencias de otros dueños, oligarquías, de corazones empobrecidas tras un golpe de mente, cuyo apellido es Realidad.

Solo desde esta intemperie, desde estas pozas, alcanzó a ver la violencia, la escasez, la guerra y todo lo atroz en el reflejo del agua en el que se contemplaba antes de limpiar su Yo.

A Sergi Torres no le entrena el destino empujándole a mantener su equilibrio o su estabilidad como la torre de su nombre, sino la experiencia de abrazar el presente que es la vida y el único destino en el que humildemente piensa sin pensarlo demasiado. 

Descubridle. Descubriros.

Una vida sin matices te implora atención.

GRACIAS.

Pobre de-mente

Es casi imposible no vivir con asombro lo que acontece a nuestro alrededor. Aunque lo realmente asombroso tal vez sea que alguien no se dé cuenta de ello, pudiendo llevar a cabo vidas tan carentes de sentido, desviando a su vez -consigo- el sentido de aquellas personas que puedan cruzarse en su dirección. Un hombre arrebata la vida de su esposa en presencia de sus hijos; miles de niños mueren de hambre porque el desarrollo de este mundo global no ha alcanzado para todos los lugares del planeta; un joven psicológicamente maltratado por su mujer se quita la vida; seres humanos con vocación de servicio al país se lucran aprovechándose de su posición; brillante ausencia del respeto a lo diverso; fallecen cientos de personas en un atentado perpetrado en nombre de dios… y un etcétera ininterrumpido. ¿Y si todo tuviera su sentido, su razón de ser? ¿Y si fuéramos todos (en lo sucesivo doy por hecho la inclusión del femenino) responsables de lo que no pasa?

Es muy habitual. Desde este lugar tan limitado de nuestra vida y de nuestra percepción, en este plano físico (que es el falso todo), no se pueden formular las preguntas adecuadas para hallar las medias respuestas que nos permitan  encontrar el significado verdadero de estar aquí. Esto es, situarnos en la dirección que consienta de manera inevitable la conversión de cada paso, de este entorno aparentemente desquiciado, en una razón de existencia.

Prestar atención a los medios, que cada día dejamos entrar en nuestras casas, no nutre de auténtico conocimiento esta experiencia de vida, sino más bien lo que alimenta es la extraña sensación de estar informados sin cuestionarnos el trasfondo de lo que constantemente almacenamos en nuestro haber. Simplemente, juzgamos y tragamos.

Y desde este mapa que muchos seres humanos comenzamos a abandonar, adquiere una enorme relevancia el papel tan sobrevalorado de la mente, del intelecto. Desde luego tiene su función, no puede ni debe estar de más, pero me atrevo a decir que trasciende su verdadero cometido para nublarnos así los necesarios horizontes infinitos -que son las metas universales-, las direcciones adecuadas que mencionaba al principio.

Ayer escuché una frase al gran Wayne Dyer, que parafraseando a –el no menos inmenso- Shakespeare dijo: Ve a tu pecho, llama, y pregúntale a tu corazón qué sabe. ¿Qué esconde el presuntuoso afán de aparentar, saberse o creerse intelectual o acercarse tan mínimamente a ello? Desde mi humilde punto de vista, pura ignorancia. Porque, aunque para estas personas “tan leídas” hablar del corazón sepa a merengue, para el sabio –que también históricamente cualquiera identifica-, para aquel conocedor de lo importante, lo esencial reside justo en este poderoso núcleo del cuerpo y de lo vivo. No como órgano físico o como metáfora poética, en cambio sí como la traducción energética de tan potente foco de luz (en complementación a la oscuridad que nos rodea y que no necesita mayor explicación). Otra frase que en el mismo contexto hace pocos días me fascinaba, esta vez de Albert Einstein, reza: Nada sucede hasta que algo se mueve. Por eso quien es consciente de lo invisible –que no inexistente-, como es la energía (sustento de toda cosa). sabrá emplearla para beneficio propio y ajeno, para él -o ella- y la humanidad, porque será consciente de que, ante su  quietud,  la vida –su vida- nunca ha dejado de moverse. El electro (mente)- magnetismo (corazón), por hombres de ciencia probado, siempre está en marcha, y poner los kilovatios humanos a funcionar en un mismo sentido positivo es cuestión, simplemente, de ser conscientes, es decir, de darse cuenta. ¿Qué pensamos? ¿Adónde nos lleva lo que pensamos? ¿Para qué esto que pensamos? El corazón, en términos de emociones, obedecerá los dictados de la mente y cómo nos sintamos dependerá inevitablemente de lo que hayamos pensado. Por eso viene al caso la afirmación que sigue: si te sientes mal es porque has pensado mal.

Y el origen de este entramado perfecto, sutil, inefable, imperceptible desde el intelecto, no radica en la calidad del pensamiento –que ayuda- sino en la cualidad del sentimiento -que transforma-. Las ideas personales del mundo son tan solo eso, creencias, y no saben de un globo conectado, sino de un lugar muy pequeñito donde no caben mentalidades diversas, aunque muchos sean, por otro lado, los adeptos a idéntico paradigma… ¿Qué sentimiento reside perenne detrás de cada muro (idea) auto-impuesto? Sin duda, el amor, cuyo significante es una mera manera de poder expresarlo. Una energía superior que nos conecta a la fuente de la que provenimos y de la que realmente nunca nos hemos separado (sí desconectado). Da igual si no la vemos, constituye una anécdota sin importancia lo que capte o no capte cualquiera de nuestros sentidos corpóreo-mentales. No son los únicos sentidos (son los obvios). La facultad de pensar, y enriquecer la manera de pensar, nos lleva a los procesos –en principio- lógicos de conformar nuestra identidad (lo que creemos ser, tener, merecer…) que consecuentemente sirve para separarnos: del punto de partida inocente; del amor esencial; del mundo que no encaja en la impermeabilidad de cada opinión madura… para luego describirlo a nuestro juicio, eso sí, cargados de razón. En este sentido, la corriente que impera afuera nos lleva a primar el competir sobre el cooperar; a creernos dueños de nuestra visión sobre la realidad e, incoherentemente, de la verdad particular (tampoco que esté mal ni bien será el caso). Se trata de elegir lo adecuado, la opción más útil para todos. De modo que, siguiendo esta inercia deformada, cogeremos un escudo para defender el territorio que nos ha llevado años levantar, para protegernos, aunque no pueda pasar casi nadie, para –inevitablemente- acompañarlo de una espada, cuyo doble filo, en algún momento, nos dañará. Y esto sí es un error evitable, aunque, por fortuna, reparable (no deja de ser la vida una constante oportunidad).

Siempre reflexiono sobre la típica y perfecta reflexión: las personas prefieren tener razón antes que ser felices. Yo diría que, muchas veces, preferimos tener razón a ser mejores. Porque relacionamos la virtud con infinidad de accidentes relacionados con la apariencia o la aceptación, compitiendo con el otro, tales como: el saber;  el poseer; la verborrea y/o la facilidad de expresión ante el grupo. Sin embargo, es curioso observar cómo, en general, no se atribuye sabiduría a la bondad, la generosidad, la tolerancia, el silencio, la honestidad intelectual, la empatía, el respeto o, por ejemplo, la prudencia (siendo estas cualidades la unión de más elevada vibración, esto es, el amor transformativo y trascendental al que he venido refiriéndome a lo largo del post).

Quienes han sido capaces de subir de plano, de elevarse sobre sus circunstancias en constante relación con el planeta, y de ascender en consciencia sobre el planeta mismo también, no desmerecen nada de cuanto nos conforma en esta experiencia efímera. Ni lo “malo” ni lo “bueno; la inteligencia o el sentimiento; su verdad o la ajena; lo imaginario o lo tangible. Simplemente,  han evolucionado en su grado cognoscitivo sobre sí mismos y, por ende, sobre todo lo demás. Han entendido, únicamente, que todo aquello que acontece es perfecto para el desarrollo personal y social, han bebido del aprendizaje que no se enseña en  las aulas (ni siquiera en la expectativa de la religión). He aquí un crecimiento del espíritu que jamás podrá limitarse a este suspiro de vida material, sino a cuanto acontece también en el subterfugio de lo que no podemos ver, de lo que no es mensurable ni pertenece al tiempo, pero con lo que sí seremos capaces de transformar las incoherencias de la humanidad, de instante en instante. Esto es todo lo que tenemos para recapacitar en cada decisión: este instante.

 

Lo útil del misticismo son los significados, chispas de luz que nos dejaron, como la que –entiendo- quiso propagar San Francisco de Asís, cuando dijo algo así como: “Busqué a dios y no lo encontré. Me busqué a mí mismo y no me hallé. Busqué al prójimo y encontré a los tres.”

Esta es una muy buena oportunidad para experimentar la grandeza en cada frustración, en toda decepción, en la serenidad, el miedo, el valor o el gozo; en lo inmediato, en lo que nos trasciende, en los demás y en el propio interior. Aspirando, más que al alarde intelectual o de pertenencia, a la grandeza del espíritu, al amor incondicional y al encontronazo -casi mágico- con nuestro profundo motivo de existir.

GRANDE

Pensando en Pablo Ráez: Noticias ordinarias y noticias extraordinarias

A estas alturas de la historia social a nadie le resulta algo exógeno de lo ordinario una guerra, una violación, un robo (del guante que sea), un asesinato (de vínculos, a menudo, impactantes), un conflicto… Menciono, como podéis observar, algunos hechos comunes que dependen directamente de la conducta humana. No hay que ir más lejos, la culpa no parece ser  de la vida.

Tanto es así que nuestro cerebro, proclive a la rutina  (que se diferencia del hábito en la lucidez de la intención), se ve capacitado ya para elevar lo anterior a la normalidad. Lo ordinario, por frecuente, es lo normal. Y los telediarios, tan ordinarios, rutinarios, normales y frecuentes en tantos hogares que pretenden estar informados, necesitan hacer mayores esfuerzos cada vez para combatir la sensación de costumbre, que podría acabar siendo una temeraria inhibición del miedo que siembran. Es decir, para que me entendáis, si una terrible inundación terminara siendo (ejemplo ficticio en este caso) algo típico, una constante en nuestra cotidianidad, entonces necesitaríamos algo así como un diluvio universal para volver a sobrecogernos.

Del mismo modo, otra especie de sobrecogimiento que manejan en modo experto los que desean (in)formarnos es el que produce la incógnita (que se diferencia del misterio en que este no existe, en términos de realidad, mientras su contemplación adolezca de respuestas comprobables; y, en cambio, aquella será potencial y empíricamente resuelta en virtud de la lógica y de la razón). Pues bien, todo eso que hoy todavía no sabemos; la ausencia de determinado conocimiento cuya expectativa, ya sea esperanzadora o deseable, nos mantiene atentos o, simplemente, la ocultación de información interesada (que no interesante)… constituyen las suculentas zanahorias que conducirán diariamente a los “borricos” a uno de los dos abismos de, verbigracia, la televisión: el del share o el del no ser. La audiencia, en estos términos, no es una cantidad de personas interesadas, sino más bien una cantidad de cifras interesantes. Y el ser humano, que asume las noticias como la ineludible autoridad que va describiendo su mundo, no terminará de descubrir adónde se lo llevan cada día mientras espera, en actitud autómata, un mundo mejor.  Y es precisamente el misterio, eso que todavía no es ni normal ni ordinario, eso que no existe por irracional, el combustible de las mayores y más inefables sensaciones positivas para la vida del ser humano. Esto que llaman felicidad, amor, compasión, energía, gratitud, vida, bondad, belleza, alma, espíritu, Ser, propósito…  resulta un misterio que (nos llena y) no llena y que tampoco llenará de importancia  (ni siquiera de redundancia) los titulares.

Lo antedicho queda siempre relegado al rincón de las noticias extraordinarias, las que suceden fuera del orden o regla natural, según las fuentes lingüísticas, y las que, en función de la percepción personal, suelen entrañar una connotación increíblemente positiva.

Por tanto, y por deformación profesional, se nos suele mostrar diariamente cómo la belleza de la vida no es algo normal, cómo los gestos épicos o los buenos deseos para la humanidad no son algo ordinario. Nos intentan ocultar o privar sin contemplaciones de aquello que por misterio (y por costumbre) nos parece extraordinario. Solo de esta forma tendría justificación y cierto sentido la experiencia de dejar de creer en nosotros mismos y en nuestros semejantes, dejar de creer en lo inconmensurable de ese otro mundo que subyace a la realidad solo por imposición, y no de forma natural.

Por eso, noticias y personas como Pablo Ráez nos siguen resultando realidades extraordinarias. Y automáticamente emerge el pensamiento nocivo de creer que la vida es injusta por prescindir, sin una razón prudente, de personas así (a pesar de que los medios también suelan prescindir de ello). De modo que después, acto seguido, se nos olvidan las heroicidades… consumidos por la maldad preponderante, enfrascados en este mundo ordinario, bajo, basto, vulgar y de poca estimación, según otra de las acepciones del diccionario de la Real Academia.

Porque en lugar de pensar en la dulzura del misterio, maldecimos la incógnita de finales perfectos. Porque por no creer lo que nos hicieron creer para no creer en nada (útil), nos resulta imposible ver verdad en la deidad ordinaria y de todos (los escépticos de la vida también). Se nos antoja improbable que la certeza amorosa contenida en todas las cosas (y en nosotros), haya sido capaz, mágica y no casualmente, de tomar forma coyuntural de chico ejemplar, revolucionando  los medios y los corazones con actos de compasión exponenciales hacia el  otro.

Esto nos han enseñado, por eso nos fijamos en la crueldad de que Pablo no haya podido vivir más, pero nos alejamos a la vez de lo sublime, de que Pablo existiera y cambiara su parcela de mundo y el nuestro a través de su ejemplo y de su sobrenatural sabiduría acerca de lo esencial.

Y entonces dictamos concienzudas sentencias, envenenados ya por la ordinariez de lo ordinario, que quedan muy lejos de esta chispa de consciencia:

 

“La muerte no es triste, lo triste es que la gente no sepa vivir”, Pablo Ráez.

 

No Descanses.En.Paz. Sigue.Siendo.Paz... donde sea que estés

 

 

 

 

¿Es el Islam la única religión que no habla de paz?

Voy a manifestar lo que viene siendo una humilde opinión, (como siempre) aludo al tema –NO a nadie- y lo recalco porque no pretendo conflicto ni en este caso ni en los anteriores ni en los sucesivos. Vaya por delante mi agradecimiento por la comprensión.

 

El hecho de autoproclamarse “moderado” no es consecuencia directa ni de serlo ni de parecerlo; así como los protagonistas del vídeo no son una muestra representativa de una realidad tan INTERPRETADA –y sesgada- por buena parte -de la traducción sagrada proviniente- del mundo occidental o islamista radical en relación a esta religión (que no es la mía, porque no es un brazo ni un pantalón, solo una idea sentida sobre algo, y porque además hay tantas -y tan pocas- como seres humanos convencidos de lo que se cuentan -o les cuentan- en el mejor de los casos). Y si te sirve, adelante con el respeto, mientras "sirvas" con lo mismo a los demás.

 

Considero que la religión musulmana –sin politizar o monetizar- no está siendo bien entendida, más bien desvirtuada, y se habla de religión cuando quiere decirse y conseguirse otra cosa distinta por ciertos sectores (no es novedad ni casualidad que estos intereses se antepongan siempre a la compasión por el semejante, más allá de la banalidad que les resulta a estos el tema cultural y divino en el que se respaldan).

 

Ser moderado NO es un medio, sino más bien una forma discreta de vivir la normalidad (que yo he conocido de primera mano en muchos credos diferentes en molde -también árabes-, pero en esencia iguales); es un acto reflejo frente a quienes consideraron lo injusto como tal, y sufrieron esto mismo a manos del odio colectivo y reaccionario de la no reflexión ante el dolor, una reacción inflingida por personas, no por la religión o la cultura correcta... NO es un recurso discursivo para fanáticos que pretenden sus ideas como pandémicas hazañas sociales. Por ello tampoco lo es, si me apuras, esta fuente audiovisual del final del  post.

 

Sé que existe el terror que impacta sobre el malo y el bueno. Pero no es de marca, no hay nombres comunes. En este sentido, un ejemplo cualquiera de descontextualización podría ser lo que sigue: existe  el terrorismo, que yo también conozco –más o menos fielmente- gracias a los medios, aunque alguien ligado a cualquier profesión de defensa civil o una víctima lo viva directamente en términos de su propia experiencia. Es obvio que mi relación con el terrorismo tiene que ser más distante respecto a la suya, y que clara y honestamente sé mucho menos de esta realidad. Pero no es menos cierto que el hecho, la situación, la verdad... por distintas que sean ambas perspectivas en intensidad, será -esencialmente- la misma para ambos (por encima de los grados de vehemencia justificados -o no- en sendas posturas).

 

Y es justo ahí, en el reducto del conocimiento objetivo entre ambas posiciones, adonde habrá que acercarse (si llegar ya es demasiado).  El peligro es la certeza de necesitar subrayar opiniones ignorantes, frente a un público inflamable, lo suficientemente colectivas y con insólita rotundidad. Para todo, el peligro es la ignorancia que se ignora. Yo reconozco la mía.

 

De este modo, muchos fanáticos de sus ideas temerarias han podido hacer propaganda de “sus” fines presumiblemente necesarios para la humanidad a lo largo de la historia e, incluso, llegar a creérselos; algo así como trazas de lo que -irónicamente- sería un sujeto: adecuado, correcto, óptimo, superior y avanzado para una (manchada así por su propia creencia contaminada y contaminadora) sociedad cualquiera .  

 

Siento resultar demasiado moderada o desapasionada en mi convicción, pero nos faltan datos para hablar de “todo el mundo” sin impunidad, nos sobra ignorancia no sabida. Asimismo, si se quieren encontrar elementos que secunden ambas posiciones contrapuestas, de igual manera, se van a encontrar: 

 

 

Laín García Calvo: "Si no puedo, me meto igual"

Así de contundente se mostraba Laín García Calvo con aquello que no quiso para su vida, aunque se tratara de una enfermedad que parecía incurable.

¡Ya es la hora! de tener presente que lo tenemos todo, en todo momento y lugar, y hasta que este estallido de consciencia no suceda, seremos casi perfectos, casi completos. Tener delante a esta persona, ejemplo de superación, es una nueva oportunidad de fijarse en la completitud de la que a menudo nos privamos. Nos quitamos sin disfrutarla esa medalla, no para el dolor, sino para seguir sufriendo. Así que no es extraño que uno/a suela preguntarse cuáles son las coordenadas de sus propias limitaciones, y la vida siempre respondería -si robase nuestra atención- situándolas tan grandes como tú las imagines. De manera que, ¿cómo sería empezar a imaginarnos otras cosas más amables? Tal vez entonces en el camino se iluminarían otros matices extraordinarios para ti, nunca vistos antes...

Y entonces puedes.

Laín García Calvo nos invita precisamente a esto. A mezclarnos con lo incalculable, con el Universo o con el Dios -bien entendido- que a él le gusta verbalizar, sin cruz, sin sangre. El lenguaje que nos permite establecer una comunicación efectiva e interactuar con nuestros semejantes, también se vende, en ocasiones, al polo opositor -como en el Pº de Polaridad- y secuestra las palabras encapsulándolas en significados opresores de la experiencia. Hemos recordado que, quienes hicieron esto para aleccionar a las masas, privaron de libertad a los que anhelaban alcanzar la esencia de todas esas cosas que merecía la "alegría" saber.

Mi querido entrevistado accedió al conocimiento sagrado con la actitud resiliente del que no se rinde jamás cuando se trata de sus sueños. No quiso cobrarse ni autoimponerse la creencia heredada de lo cotidiano, de lo establecido, y saltó sin miedo -o con él- a la piscina más profunda, la que su equipo de natación, ignorante, no se había imaginado nunca para ganar de verdad. García Calvo se volvió agua braceando, y conquistó con su mente infinita las emociones que le permitieron vibrar alto y condensarse con el cielo y las estrellas.

Y es allí donde comprendió que este juego de la vida (que no es más que eso) no era lo que nos habían contado; que lo importante no es fácil para nuestros sentidos ni para nuestra comodidad absurda. De modo que aprendió metafísica sabiéndola el grado más elevado de la física; comprendió el amor asumiéndolo como el grado más lejano del odio; traspasó el dolor sintiéndolo intensamente como el momento más próximo al triunfo.

De este modo surge el milagro, cada vez que el ex-deportista de élite mantiene la fe adecuada, con la convicción de lo que no se ve, fijándose no tanto en el cómo de la consecución, como en la satisfacción del resultado. Y no es sino des-cubriendo nuestro propósito del alma la manera adecuada de ser uno con el todo, de ayudarnos ayudando a la abundancia  universal y dar las gracias  a cada instante por tener la opción de vivir nuestros gigantescos sueños. Recordad, como en la historia de Laín, puede que ahora estés enfrentándote a un difícil muro, así que actúa intensamente para levantar el pie y convertir ese posible obstáculo temporal en el peldaño que te acercará un poco más a la meta.

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Mientras se encienda el árbol

Si hay algo que me gusta de estas fechas es que, casi como por obligación, hay que dar el callo. Da igual lo que te apetezca hacer o no, que tienes que darle salida a toda esa  ilusión por la vida –que llevas ahorrando durante el resto del año- en su inagotable gama de colores esplendentes. La mayoría de las personas se quejan de la Navidad, por el cuñado de turno o el maratón de fogones, principalmente. No poca gente cena tristeza cuando las sobras son los cubiertos del nuevo decorado… Aunque, no nos engañemos, la verdadera pena nace cuando, tan efímeras, pasan de nuevo. En el fondo, esa quimera de escenificar entusiasmo -por narices- nos deja un regustillo que no nos tiene -ni siquiera a estas alturas- acostumbrados.

¿Qué nos pasa? Parece que tiene que llegar una excusa de atrezo para poder comprender más de trescientos días incompletos, para poder comprar el tiempo – rebajado y de descuento- y celebrar que un día vinimos con vocación de dioses anónimos, y que después de tantas Pascuas permanecemos, impertérritos, dentro del cajón, junto a los cubiertos impolutos de no ser estrenados.

En este epílogo del 2016, sin embargo, hay motores que no cesan su actividad por vacaciones y familias que desearían estar en cualquier otra página del calendario que no fuera esta. La famosa angustia de ir a flagelarse a otro sitio, donde cualquier otro tiempo caducado fue mejor o donde todo eso pasaría en otras casas no tan inmunes como la nuestra. Y es tan cínico creer que el sinvivir del vecino no es nuestro sinvivir… como creer que la opción buena es jurarte odiar las fiestas para los restos. Si hace veinticuatro años me dijeran que no existe la magia, que se puede llorar de algo distinto a la alegría o que dejaría de imitar a mis predecesores con fuerza, posiblemente habría escrito una carta como esta.

Queridos seres humanos: no sé si he sido buena este año, pero tengo unas cuantas cosas que quisiera “pedirme”. Convencida de que dentro de un tiempo, tan fugaz como una estrella, esta niña que os escribe tristemente habrá madurado, me pido un corazón último modelo, de rojo Papá Noel, que sea capaz de aceptar un mundo que hace tiempo me regalaron. Qué tenga pilas de esas que duran, y duran, y duran… y poder amar tan rápido que siempre gane yo, en la siguiente vuelta del violento Scalextric de la vida.

Para poder comerme el carbón con latidos musicales y hacer tantas cosas jugando que a mi paso solo caigan caramelos, aunque sea enero y en cuesta.

 

Lo dicho, no sé si he sido buena, porque los mayores están confundidos y me confunden a mí. Me parece que voy a tener que equivocarme mucho si tengo que olvidarme de esta niña encantadora y de esta carta de mi alma escondida, pero, por favor, nunca os olvidéis vosotros, queridos y mágicos humanos, de esa máquina escondida, de rojo Papa Noel, que para siempre podréis envolver de regalo mientras se encienda el árbol.

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Sin-razón

Hoy no puedo acostarme sin un pequeño post que necesita volar por este blanco inicio. A veces no pienso detenidamente por delante de la tecla, pero, si supierais con cuánto amor escribo lo que digo… estas humildes letras serían más relevantes de lo que efectivamente son.

Con razón, puedo citar a las fuentes potables, generalmente consideradas fidedignas y muy especialmente en  la profesión que elegí.  En este sentido, la RAE es la norma consuetudinaria comúnmente aceptada, por culta, en pro del orden, y es mi deber contribuir a cualquier intento para entendernos -al menos- mejor a través del lenguaje. Define a la “razón”, en una de sus acepciones menos ambiguas, como: argumento o demostración que se aduce en apoyo de algo. Me gustaría mostrar en qué me apoyo, muchas veces yo inocente de mí, para desarrollar este blog.

Hoy hablo en rigurosa primera persona, como tantas y tantas veces. El hecho de emplear otra conjugación puede darme, en ocasiones, el atrevimiento aparente de poseer la verdad. En realidad, cuando soy tan presuntuosa de escribir lo que siento, a menudo es porque siento que con el verbo, escogido deliberadamente y en son de paz, integro -o intento- lo socialmente irreconciliable. De este modo entiendo que tan solo el malentendido entre lo emitido y lo recibido es susceptible de resultar ofensivo,  y, en cualquier caso, de ser así lo lamento de corazón.

La validez del conocimiento se basa, por acuerdo, en lo que muchos antes dijeron, no es empírico –aún hoy- lo bueno que sintieron, intuyeron, imaginaron o visualizaron con fe de un modo cierto.

Sirva todo esto para expresar que me hace respirar y dormir tranquila saber de primera mano que no cargo con la losa de la razón ni de la sinrazón. Eso me ataría demasiado. Plantearme la posibilidad de estar equivocada  en mi opinión nunca podrá preocuparme, pues no estoy sujeta a ella. Muchas veces lo he hecho –lanzarme al cambio-, por fortuna, a lo largo de mi vida (si nada es inmutable, ¿por qué iba esto a serlo?). En cualquier caso, un@ desea equivocarse cuando juzga, cuando hiere, cuando odia, cuando rechaza, cuando ofende, cuando aísla… y desea haber dado con sutiles destellos de luz cuando ama, cuando integra, cuando perdona y cuando pone su corazón en ladrillos endebles, en la construcción de la compasión y el servicio a los demás.

 El problema se plantea para aquella persona de cuya razón dependa un intrincado sistema de creencias, siempre frágil en el supuesto de caer, porque algo se rompería por dentro si lo hiciera. Los conceptos nos idean pero no al revés; a imagen y semejanza vamos cayendo en ellos con una ilusión de control sobre aquello que nos posee, eso que nos hace enfrentarnos , por encima de todo, a lo único que es cierto: nuestra unidad con el medio (todo el medio). Tú opinas diferente, está bien. No creo que estés equivocado por manifestar aquello que en este momento sientes, cargado con los recursos que te convierten en lo único que ahora mismo puedes ser y que, por alguna razón que algún día conocerás, te llevan a hacer lo único que ahora mismo podías haber hecho. No hay culpa ¿culpa de qué? así es perfecto. Existe responsabilidad, y la buena noticia es que cada instante es una –no buena sino- óptima oportunidad para perdonarse (por nada).

En fin, que cada paso de consciencia es un proceso de relajación. La meditación introspectiva consiste en ser plenos y conscientes del momento presente, en todo caso y en cada intento por pretenderlo (tomar consciencia). Un momento mágico que nos libera de nuestras pequeñas razones o de extrañas razones ajenas, para abrigarnos de la única razón de vivir: ser (y serlo felizmente). Celebro el convencimiento –con la razón personal- de que no somos aquello que verbalizamos parecer al exterior, sino aquello que duramente escondemos porque -y por- las circunstancias de la vida nos experimentan para el recuerdo de la esencia. Es fantástico. No eres tu disfraz; no eres tu profesión; no eres tu clase social; no eres tu país; no eres lo que los demás juzgan o lo que  hicieron de ti; no eres lo que hiciste ni tus planes; no eres lo que piensas, tus razones… Eres lo que eres. Eres lo que viniste a ser y esto nos convierte, lo creas o no, en la misma e inmensa cosa.

¡Qué nuestras razones no nos conviertan en la sinrazón de vivir para creaciones poco generosas con el resto!

 

 

Jesús, el gran maestro espiritual, nunca fue cristiano, siempre fue libre

Muchas personas, en la actualidad, conviven con la ingrata sensación de constante amenaza ante un inevitable cambio de paradigma globalizado. Un cambio que viene llamándonos a voces bajo el influjo de lo verdadero, tras el telón social coyuntural, en esa especie de fino hilo conductor que puede unir de manera inexplicable un astro en el universo a una célula biológica. La magia de la vida no conoce barreras entre lo macro y lo micro, fundiéndose sendas maravillas en un baile callado y eterno. La nota disonante la pone ese ser superdotado, que se subestima, de capacidad racional consentida por su tripe cerebro evolucionado: hablo del humano ser.

La posibilidad de racionalizar nuestra vida, pareciendo nosotros la especie más avanzada de la creación, ha ideado verdades artificiales. Artificios que perviven al margen de ser, en esencia, naturales y sanos para el desarrollo colectivo e integrador. De este modo, dividimos en grandes temáticas aquello que nos conmueve, enfrentándonos –armados con las nuestras- a ideas aparentemente contrarias y defendiendo valores que dejan de estar justificados en la rígida e irreflexiva sed de ganar (o de no seguir perdiendo). En este sentido, es fácil –y desesperanzador- encontrar, por ejemplo, una elocuente exposición en defensa de una determinada religión (caracterizada, verbigracia, por prometedores principios supremos y humanos de bondad), agrediendo al mismo tiempo –con verbo o sin él- a otra persona que, de alguna manera, no comparta la propia perspectiva. La paradójica falta de integridad, que se produce cuando aquello que pensamos y sentimos no concuerda con lo que decimos o lo que hacemos, diluye cualquier tipo de poder –por ancestral que este sea- otorgado voluntariamente a los emblemas o símbolos humanos y sociales más consolidados a nivel mundial. Es la fiebre de la libertad individual la que se ha ido contagiando en dirección a los reductos inquebrantables de la libertad del otro, y sigue germinado, por alguna razón latente en constataciones venideras, la pandémica enfermedad del ego desconectado y enganchado a la droga ideológica.

 

Si pudiéramos por un momento considerar que a los seres humanos nos une todo y nos separa únicamente nuestra forma de pensar, comprenderíamos entonces que el problema no está precisamente en elegir un partido político; no radica en las viejas costumbres ni en las nuevas tendencias; no se encuentra en la altura hallada para cada profesión; tampoco puede ser buscado en el pedazo de tierra que alguien consideró suyo o en el irrelevante círculo cromático de la epidermis, ni mucho menos en la morfología genital que a todas las especies sirve como complemento del –supuestamente- contrario. Los grandes titulares dicen que la mala noticia se llama violencia de género, clase política, fanatismo religioso, xenofobia, terrorismo, corrupción, desigualdad, catástrofe natural, accidente de tráfico, doméstico, humano… falta de medios para la supervivencia, falta de conocimientos para la cura de la enfermedad, falta de ética para lo convivencia digna o exceso de muertes para la vida. Hoy sabemos que la gran solución permanece en el don y en el talento del hombre (en genérico), pero, asombrosamente, al mismo tiempo ignoramos que el problema no descansa en el hipnótico contenedor social en el que descargamos nuestras mejores miserias para desechar la culpa.

 

El sistema de pensamiento, que tanto desarrollo positivo encierra, sigue sin desviación las nefastas conexiones neuronales impregnadas en el circuito de la historia. Cíclicamente, van repitiéndose acontecimientos similares pero distintos; motivados todos ellos por el ser humano, aunque asumidos enteramente por las distintas sociedades de cada pretérita contemporaneidad (y sus magnánimos ismos). Aun así, ante el riesgo de lo diferente, se sigue anteponiendo la ineficiente tradición del pasado, la convicción de lo que no resulta. De esta forma, primero nacieron los grandes maestros espirituales; los genios y sus ideas brillantes; los lazos familiares ejemplares; la magia de la naturaleza; el servicio profesional a los demás; las grandes dotes económicas y comerciales; el avance tecnológico y exponencial…y tantos afluentes de las inmensas virtudes universales -materia prima de lo humano-. Un gran hito memorable para cada época, que después, muy lejos de ser asumido como flujo natural de la vida (en cuya danza somos inevitablemente bailados) se moldea, se interpreta, se etiqueta y se perturba con tal magnitud que crece hasta alcanzar la tragedia legendaria (gracias siempre a la ir-reflexión desvirtuada de las personas frente a su inabarcable, inagotable y simplificada realidad umbilical). Es entonces cuando -sin saberlo- la incomprensión aflora, vibra y atrae en resonancia temerarias síntesis de sinrazón encubierta, que seguirán constituyendo, indefectiblemente mientras duren,  la sombra inevitable de la (in)humanidad.

 

 

 

 

 

 

Escépticos de la realidad

Estoy aquí, pensando, entre las cuatro paredes más blancas que recuerdo y entre las cuatro horas más largas del día. Así nace este post -de pocas pretensiones- que me apetece empezar ahora, aunque confieso no tener ni la menor idea de cómo o dónde acabará.

Bastante a menudo algun@s me suelen recordar que quienes hablamos de "cosas cuánticas" estamos de la cabeza fatal. Especialmente porque -aseguran- lo utilizamos en contextos inapropiados y con pocos conocimientos de causa. En parte no van desencaminados, porque -he de admitir que- no sé mucho de física cuántica (no pretendo hacer un cursillo acelerado para esquivar los egos furiosos), ni pretendo -ni por asomo- dar esa impresión.

 

Inmersa en la sobriedad de una habitación de hospital, tan física en apariencia, una debe de seguir también luchando por -lo cuántico de- su información periodística y valiosa (que es más de tod@s y de todo lugar). Y hablando de "todo", la palabra cuántico (del latín) significa, precisamente, cantidad. ¿Cantidad de qué? En su ámbito primigenio de la física: de energía y de materia. En la RAE, por su parte, define el "cuanto" (de energía) como la cantidad indivisible de energía, proporcional a la frecuencia del campo al que se asocia (bastante interesante esta definición por lo que expresaré después). De otro lado, yéndonos a una denominación menos rigurosa y más amplia, encontré una frase que lo explica de otro modo y que, por cierto, me chifla: es la ciencia que estudia los fenómenos desde el punto de vista de la totalidad de las posibilidades

 

Información... cantidad... totalidad de las posibilidades...

 

La cantidad de información de la que solemos servirnos a diario parece entonces solo una parte de la realidad (material) que -en ningún caso- habla de la totalidad de la misma (verbigracia, energía otra vez). Consumimos información que opera en cantidades industriales, de escasa variedad y, sobre todo, de una calidad pésima para quienes consideren que eso de la cantidad no es tan relevante (y para nuestra salud mental).

 

Llegados a este punto me gustaría haceros pensar. Jugar con la ambigüedad de lo que a veces escribo. Y prometeros, por lo más sagrado que se os ocurra, que no me he enchufado la mascarilla terapéutica que le ponen a mi abuelo (aquí tumbado).

 

Por cierto, ¿se puede medir ese pensamiento que pretendo provocar en ustedes? puede que en sí mismo no, aunque sí puede medirse la actividad mental. La marcha cerebral, susceptible  de ser registrada, acoge un importante componente electromagnético.  En este sentido, la tecnología GDV (Bio-Well), empleada para la medición por el profesor de la Universidad de San Petersburgo, Korotkov, registró el momento en el que un pensamiento es capaz de salir de una persona y cómo, ese "paquete energético", llegaba a otra persona de manera simultánea (aunque estuviesen a kilómetros de distancia). Dicho de esta forma, podemos verlo, cual perfecto artilugio de estos tiempos, como si fuéramos auténticas antenas que manejan constantemente señales electromagnéticas. Las antenas son unos dispositivos capacitados para enviar y recibir información gracias al fenómeno de la resonancia. Así, son capaces de emitir y de ser receptoras de determinadas frecuencias, como también de sintonizar con determinada información. Por eso, no son pocos los científicos que sostienen la hipótesis de que los seres humanos (de forma muy similar al funcionamiento de algunas antenas) nos afectamos, los unos a los otros, a través de nuestros pensamientos -consciente o inconscientemente- cuando vibramos y sintonizamos en las mismas frecuencias, como las cuerdas de un violín.

 

Puede que me esté poniendo muy "física cuántica" en contra de mi voluntad, pero solo estoy en modo "mi amado periodismo cuántico"... Quiero unir lo que existe para alcanzar -y mostrar- teorías útiles para la vida que desafían lo viejo, como por ejemplo da del desdoblamiento del tiempo, del doctor en física, Jean Pierre Garnier Malet. Estudios que evidencian el potente poder creador de nuestro pensamiento para sembrar la semilla de una REALIDAD, consciente o inconscientemente (eso también es verdad), de la que no solemos hacernos responsables. De aquí emerge la importancia de ser positivo y, en especial, de ser conscientes.

 

Ahora somos capaces de entender que lo semejante atrae a lo semejante de manera científica y demostrable; que quienes permanezcan en una frecuencia igual recibirán y emitirán su información retroalimentándose y encapsulándose, un@s a otr@s, en su verdad. Una verdad que, a menudo, no es de ell@s (ni completa), sino más bien de -otros- medios (de comunicación) globales, ajenos a su consciencia. Y, para más datos, una frecuencia que quedará, tan profusamente como sea  manejada, registrada en el ambiente por los siglos de los siglos de la Historia personal y colectiva (memoria global, lo llaman). Decía el mismo físico francés que "si nadie en la tierra pensara en matar, no existiría ningún futuro potencial asesino" (según la argumentación de la teorías mencionadas). Rupert Sheldrake, en su postulado de los campos mórficos, explica la existencia de un espacio donde todo -lo ocurrido en el pasado- se graba (principio auto-organizado de memoria natural), y estará disponible para toda aquella persona que resuene en esa misma frecuencia.

 

En fin, que el utópico mundo feliz pertenece al guardián de nuestra conciencia; del mismo modo que aquellos hechos trágicos y horribles que otros cometen son perpetuados por quienes se recrean en ellos sin descanso, bien porque los emitan, bien porque los reciban en cualquiera de sus formas posibles. No es menos cierto además que vivir del pasado es correr el riesgo de caer en ese espacio laberíntico de pensamientos sin salida que conserva la humanidad.

 

Antes le he preguntado a mi abuelo (que siempre dice orgulloso estar a uno de noventa) si tenía miedo a la muerte. Y me ha dicho él: ¡Claro que no! He vivido "a tope" hasta ahora y estoy convencido de que "algo" (y repitió, "algo")  tiene que haber para que todo en el mundo sea tan perfecto. Todo un señor que, sin estudios, sabe, intuye y encierra en su Ser arduas teorías que simplemente están siendo descubiertas (estaban pero cubiertas); que asume como real lo invisible a sus sentidos físicos,  y que ha vivido con salud -y mucho tiempo- gracias a este toque positivo que maneja  con integridad, como si en el nítido recuerdo de su experiencia no hubiera pasado una guerra, crudezas de todo tipo o escasez material. Las penurias de otros tiempos le regalaron un apasionado amor por la vida y una fe inconmensurable por su parte bella... Algo que, sin duda, me han dado mucho en qué pensar... Yo creo que tengo un abuelo exactamente cuántico :)

 

Y tú... ¿qué piensas?

 

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Amo(R)k

Amok, hoy he aprendido que se trata de aquello que se desata en un día de furia, determinando, lamentablemente, la tragedia.

Y la existencia me ha enseñado que los otros 364 favorecen ¿exactamente... qué?

Nos enseñan a ser duros, a ser competitivos, a ser resolutivos… desde el colegio. Claro que también a ser el eslabón perfecto de una máquina "del bienestar" que, aun siendo potencialmente peligrosa, nos saturan con ella hasta la depravación. Medios de comunicación, medios  de interés, medios de consumo… que reflejan todos ellos la no eficacia de un sistema que hace tiempo se ha roto; que nos machaca, pretende destruir-nos, y que, para más señas, coloca al frente -de las endebles fichas de dominó- a los anti-héroes (entendiendo por heroicidad, en este caso, la capacidad de creer en lo bello cuando la destrucción también está pensada para ti, insignificante ser humano…).

Y al héroe le toca, claro que le ha tocado y hundido, como al resto. Pero seguirá trabajando, en reserva si es preciso, los 364 días, por las fechas de furia y por la gente brillante que, cada vez con más frecuencia, no se atreve a serlo –como el cuento de la luciérnaga y la serpiente-).

Y hablar de Amok es preceptivo, pero hablar de Amor es “ideal”… Seamos comprensivos, señoras y señores, con que lo falso no es lo inventado por el hombre dormido, sino, curiosamente, lo que está a nuestro alcance desde siempre y lo que ha hecho de manera simple, y naturalmente, que estemos aquí (aun en estado de demencia degenerativa).

Una decisión nos separa del acierto, igual que una letra nos aleja del amor. Porque, sí, hay personas que en un día de furia matan y otras hacen encaje de bolillos (o escribimos), simplificando un poco. Es una parte indiscutible de la realidad. Pero... ¿Por qué no se reinventa? ¿Por qué nos enseñan a odiar la vida y no a amarla? (sí de nuevo, en efecto, son preguntas retóricas cuya respuesta tod@s sabemos sobradamente).

Seguimos sin enseñar ni formar en lo importante, sin la prevención positiva, sin la desprogramación de programas que, si no sirvieron hace 60 años, mucho menos sirven ahora, gran era de la información y del conocimiento negativo y absurdo (en demasiados casos que por fortuna no serán concluyentes).

Y luego hay que combatir a los malos que Aquellos crean (moldean) a imagen y semejanza… para terminar con ¿qué? ¿qué porcentaje de muertos en vida hay por cada asesinato efectivo si echamos cuentas? Si parece que lo único que nos toca es ver como hoy la enseñanza es bulling; el empleo insatisfacción; la inocencia interrumpida; el amor violencia; el liderazgo peligroso y el poder horror para quienes son privados del suyo. 

Hoy he tenido un día de furia que abrazo, porque aprendí, o aprendo cada día, a vivir coherentemente -sin el rebaño-, incluso en aquellos maravillosos años, cuando la vida me parecía una puta mierda. Es un hecho, a la mayoría de las personas que me encuentro por la calle o por casa la vida les sigue pareciendo esa misma puta mierda con los matices que se quiera… y el que se atreve a opinar lo contrario -germen del cambio-, con esperanza, es un iluso y un tarado.

Yo me cuestiono si es mejor no darse la vuelta. Si es óptimo aceptar impasibles las opciones menos buenas, aunque estas impliquen y sigan alimentando la pura inhumanidad para la que empezamos a estar preparados y alarmantemente acostumbrados.

 

Y hablando de sistemas (en minúscula) que asesinan de otra forma encubierta, más normalizada y menos penal, confundiéndose con los "malos"... ¡enhorabuena! Trump ha llegado a la presidencia de EEUU. Hoy es un gran día y una gran oportunidad para darse cuenta, a base de hostias ¿morales? (por resumir muchísimo), de lo que NO queremos más.

¿Buenas personas?

Con motivo de varias opiniones que últimamente se han cruzado con mi atención, ha surgido este post. No pretendo herir sensibilidades, no soy tan "mala persona" :)

Supongo que hay niveles y tipos de inteligencia muy elevados que, pudiendo dar la vuelta al mundo que asusta, potencian el delirio de la distorsión; habrá también quienes no lo hagan enfocados en justamente lo contrario. Pero existe un ámbito aparte. Hablo del campo de la consciencia, de ser consciente o no serlo, que nada tiene que ver con la masturbación intelectual de sobresalir por encima del resto, para el resto o para un@ mism@. Nada tiene que ver con ser mejor o peor, sino con ser, cada vez con más lucidez, lo que se es.

En el primero, en el terreno intelectual, cualidad de lo humano, el mundo es como un gran campo de batalla. Un afán por interpretar el perímetro para aspirar a colocarse en uno u otro flanco, en función de lo aprendido. La visión maniquea de lo que es bueno o malo y la actitud beligerante -y consecuente- de defender la posición y de convencer acerca de la misma. La inercia evolutiva nos ha llevado a construir y a consensuar, de la -aparente- nada, ciertos principios universales, a caballo entre las dos trincheras, que nos posibiliten seguir evolucionando en sociedad. Por lo tanto, es evidente que experimentamos una separación dual insalvable siempre que no podamos elevarnos, por encima de las granadas, para entender más allá de los símbolos que consumen nuestros sentidos.

Por su parte en el segundo, en el espacio de la consciencia, cualidad de lo divino, se diluye el combate. Desde el sistema de creencias particular de cada subjetividad, para los buenos creyentes, dios será el arquetipo antropomorfo de alivio frente al terror de morir; para los malos realistas, dios no será nada, nada más que una ilusión de la atrevida ignorancia de los pobres mortales. Para ambos, sin saberlo, Dios es la misma cosa y ninguna de las anteriormente descritas, permaneciendo en sendos casos mucho más cerca de lo que se cree. Es entonces el nicho de completitud y perfección que nos espera dentro, desde siempre, en la cima de la experiencia humana por cuyo propósito venimos aquí.

 

Ayer leí un artículo, con una maravillosa intención y con partes muy interesantes, relativo a la necesidad de incorporar, por encima de todo, a buenas personas en el mercado laboral (indicando además la baja incidencia  sobre esta cuestión). Tan solo el hecho de plantearse la bondad, por la repercusión práctica y global que esta cualidad acoge -y más si el intrépido se enfrenta a un contexto empresarial-, ya es esperanzador. Sin embargo, y es tan solo mi convicción, si todos fuésemos la buena persona que el autor describía, con tanta pulcritud y vehemencia, casi ficticia (que lo somos en potencia, si ganamos en consciencia y en acto, perdiendo en batallas),  no estaríamos aquí. La existencia humana es prueba de evolución. Los que son malos (ante la atenta mirada de la conciencia colectiva) son tan malos como en algún momento lo fueron los buenos que aprendieron a serlo. Las personas, en ocasiones, necesitamos experienciar una forma de vida aparentemente equivocada, desviada o comparada, para crecer y llegar a parecerse a la normalidad que, en realidad, implica una vida provista de Amor. La dualidad es un curso formativo, más o menos lento según la percepción individual, hacia la eterna totalidad que todavía no entendemos y que no tantos saben respetar por defecto. No hay malos ni buenos en esencia, hay roles y hay funciones aceptadas en la manera de percibir y fabricar este sueño (en un plano -de tantos- de realidad) que, para cada un@, resulte la vida. En definitiva, y aún así,  parecen ser -los dos polos- inevitablemente necesarios, desplegando sus efectos en la sombra misteriosa de lo que no podemos ver.

 

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Sebastián Darpa tiene el sueño de que ahora despiertes tú

El verbo, ese mágico vehículo que no sabe de distancias ni de imposibles. Nos desvela lo que hay de puertas para adentro de una historia de vida y lo que, en ocasiones, al otro lado de nuestro umbral debemos rescatar para -probar y- hacerlo profundamente nuestro. Sebastián Darpa nos ha acercado un poco de cada, y ahora queda en nuestras manos la elección de degustar.

Debes recordar que si sigues dormido te queda soñar, pero también que pronto será el momento de abandonar el letargo que te mantiene preso o presa en la sinrazón de no atreverte a ser lo que anhelas. 

Coartaron nuestra libertad las voces de quienes pensaron que "era lo mejor" o aquellos otros que no repararon en el perjuicio que nos cargaban a la espalda. Pero ahora no eres ningún/a niño/a y solo tú deberás tomar la decisión precisa de quitarte la mochila pesada, para que tu futuro no sea una réplica del pasado que quieres por fin abandonar.

Este experto de la inmensidad de la mente, Sebastián Darpa, ha venido a recordarnos la importancia de marcarse un propósito aunque sea inventado. De manera que será preciso ahondar en aquellos valores que mejor hablen de nuestra esencia y usarlos a modo de valiosa brújula existencial. Porque, aunque algunos capítulos trágicos de nuestra vida, inevitablemente, se presentarán frente a nosotros, la manera de afrontarlos con congruencia y entereza, sin neurosis, será de nuestra entera responsabilidad. Sí, hemos hablado de esa responsabilidad invisible de sabernos personas sin límites respecto al cielo, pero cargadas de limitaciones que no nos dejan volar y que no nos pertenecen por más tiempo. Como el diálogo interno que no solemos calibrar para nuestro beneficio, sino, más bien, para destruir la imagen que atesoramos como única posible identidad.

La buena noticia que nos sigue esperando al otro lado, para la que eres oídos sordos todavía, es que ningún pensamiento en el que concienzudamente decidamos convertirnos se parece a lo que somos en realidad.

¡Quítate la máscara en favor de la gran obra de tu vida! Atrévete a que emerja el cambio que durante tanto tiempo has esperado mientras dormías. Despierta y camina para reencontrarte con tu parte divina al otro lado del miedo. Solo entonces, con excesiva magia, todo el temor se verá obligado a doblegarse ante tu gran YO.

Por eso, actúa, con la voluntad de no detenerte ante el pánico; con la percepción de que todo saldrá bien; con la imaginación de quien se sabe arquitecto de su vida y con la enorme intuición que te brinda la que nunca se equivoca: La rebelión de tu SER.

 

El cielo abraza al hombre y al toro

Mientras los mortales no salen de su particular ruedo, y siguen dándole la vuelta con capotazos de ira, rabia y odio... el cielo se expande y abre los brazos a un joven hombre, de cuestionada profesión, y a un toro, de incuestionable beligerancia, con nombre humano.

Un corazón bravo, herido en la arena y en su reata ancestral, preguntó a la vida si sería justo atravesar el de su matador. En un equilibrio perfecto, la naturaleza, que no juzga sobre arte pero entiende de lo bello, nos devuelve sin error aquello que le ofrecemos.

Paralelamente, el juicio popular -de tantas mentes ávidas por exteriorizar su guerra interna- hace mucho más ruido que la pena. Se castiga el maltrato con el temido rencor de arma blanca; se defiende la vida deshonrando la muerte del igual pero contrario...

Y yo, humildemente, pienso que en medio de este ritual de orejas cortadas, de dobles morales y empatía en peligro de extinción, no es posible rendirse al vacío inteligente ni escuchar la señal que despreciamos de nuestro corazón que, aunque todavía en marcha, suena lejos.

Es suficiente el menosprecio, es osada la capacidad de robarle veinticuatro horas tras veinticuatro horas a un incesante latido que nos regala aquello indeterminado de lo que procedemos y a donde nos vamos. Es deficiente el hecho, es cobarde torear la vida sin asumir las responsabilidad individual de aportarle a los demás nuestro más hondo sentido de vivirla...

Para el recuerdo: de un hombre atrevido que, en su inconsciencia, asumió la derrota ante el totémico animal al que entregó su vida y su corazón; de un hermoso animal que, en su inconsciencia, regaló la mejor muerte a la persona que, paradójicamente, lo hería pero lo amaba; de una sociedad moderna que, en su inconsciencia, ha olvidado el AMOR a cuanto le rodea, que cura la enorme brecha, sacude la historia sin volver a caer en el ho(e) rror, y que la muerte, que no detiene nada, no es más fuerte que este.

 

 

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Mariano Alameda encuentra la causa en el efecto

Mariano Alameda dio un portazo a la puerta de clase y salió, dejándose de personajes, para entrar en el Cosmos que siempre inundó las raíces de su mente inquieta.

Quitándose el traje de un éxito relativo, descubrió -no sé si dentro o si fuera- el poder de un héroe absoluto y humano.  El superpoder  de sabernos invisibles desde siempre, cuando vamos emergiendo de la sombra de la identidad. Comprendí que para ser astros solo hay que recordarlo y que tan solo es esa luz lo que -de nosotros- nos pertenece (para ser dada).

Cual Morfeo, nos  ha enseñado a bucear en el sueño que un día creamos, con solo medio ojo abierto, en el colosal submundo de la vida. Hemos aprendido, cogidos de su mano, que en las frágiles estructuras de la incoherencia y en los sólidos fantasmas de la emoción descansa la terrible pesadilla que nos hemos contado pensando que eran otros.

De esta forma, como Mercurio, nos ha acercado el conocimiento que no encontró en las aulas ni en los medios ni creyendo en la sociedad, y que además no caduca, como el Nahual. Y entre tanto sinsentido podemos hoy saber que dejar de dar la espalda al amor es despertarnos. Que desde la paradójica congruencia, con la mirada lúcida hacia lo que todo lo une, sería bueno atreverse a desandar lo pasos, marcha atrás, llegando y atravesando, en el después del ahora, ese colosal miedo que jamás existió... aun pareciendo todo cuanto había.

Emilio Carrillo: "Sé conductor y coche"

He conocido de cerca, gracias a la distancia cuántica que consiente la tecnología, a Emilio Carrillo. Él es una persona con algo de mágico en esa sencillez que le gusta aparentar, pero a la que siempre acaba traicionando, de forma sutil, su talento divino. Una vida marcada por una misión que emerge de la esencia sublime sin ser buscada. El deporte, lo inefable de las obras divinas o el filo de la muerte supusieron, a lo largo de los años, una amplitud de vida para este divulgador de la consciencia, instantes que le enseñaron a despegarse de los instrumentos inútiles, en ciertos tramos del viaje de vivir.

A él le debemos, en este sentido, la alegoría de "el conductor y el coche". Sabernos experimentados conductores de naturaleza celestial dentro de un coche limitado en las plazas de lo físico, mental y emocional. Ilustrados por los dioses de otro tiempo, el encuentro de uno mismo consistiría entonces en estacionar libremente nuestro vehículo, para estirar las piernas en un entorno que es único y cuya existencia no obedece en absoluto al caprichoso fin de ser juzgada por las opiniones de un coche, en ocasiones, demasiado automático.

Apearse de aquello que no representa nuestra integridad y nuestra completitud supone un hecho heroico, ajeno al ruido de un mundo construido con ladrillos del pasado. Seguir dirigidos por el chasis de la mente, sin manejar nuestro volante único y poderoso, constituye el enorme riesgo inoportuno de convertirnos en estatuas de sal que sucumbieron a la inexorable evolución del propio ser.

Tu corazón es libre, ten el valor de hacerle caso. Emilio carrillo nos ha recordado que detrás de cualquier ficción hay una puerta por la que se transita a la consciencia creadora. Crear en virtud de dones que traemos de un mundo anhelado difícil de explicar. Ser dioses que se olvidan de sí mismos en el hábito de conceder su divinidad sobre manos equivocadas. Y es que en estas pruebas vitales, que nos enseñan a vivir en coherencia con lo que somos, los ladrillos del pasado estallaron en conceptos inertes a los que la mayoría -desde hace mucho y por poco tiempo- siguen rindiendo culto, dentro de su coche, con las luces de emergencia encendidas, esas que aún no alcanzan para alumbrar su verdad natural y necesaria.

Poco a poco, el devenir de una inmensa luz de carretera nos va deslumbrando en la vía hacia la responsabilidad individual, la misión compartida por la que cada uno ha nacido en este trocito de mundo. Sigamos creciendo, sedientos de esa educación potencial y consecuente con su raíz latina: "Contribuir a extraer del otro lo mejor de sí". Subidos en esta nube, única e irrepetible, volemos, vivamos ahora, en el descubrimiento de lo que somos y en la responsabilidad de compartir, tanta inmensidad genuina, con cualquier síntoma de vida de nuestro alrededor.

¿Cuál es el secreto? Tal vez, como Emilio Carrillo ha tratado de mostrarnos, resonar en la vibración natural que todos encerramos, en el amor, para poder dibujar una sonrisa -de humor- en toda escena tragicómica de este teatro que parece la vida.

Vive para querer con todas tus células

Hoy he vuelto a ver la fría caricia de la muerte sobrevolar sobre alguien que hace mucho, mucho tiempo, pensé que quería... mucho (joven y guapo, todavía). Tanto como tiempo hace que dejé de volver a verlo y de quererlo, pensaba. Entonces, justo en ese instante, me he dado cuenta de algo ma-ra-vi-llo-so, algo de lo que , al final, siempre me acabo dando cuenta, pero nunca tanto como este día: y es que algún pedazo de nosotros, escondido, eterno e inaccesible a través de las palabras, nunca deja de querer a nadie. Nada me apetecía más ahora que compartir esto. Vive, para querer más veces; para querer más tiempo; parar querer sabiéndolo y sintiéndolo, siempre, con todas tus células.

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Me lo enseñó mi perro

El animal y el hombre, entendido este último como un ser evolucionado al borde de la razón. De los dos, el hombre se erige como el amo, como el dueño perfecto capaz de adiestrar a la fiera con maestría.

Sin embargo, algo me pasa por dentro cuando de mi especie aprendo buenos ejemplos (o, por qué no decirlo, buenos ejemplos a partir de los malos que son los doblemente positivos...), pero de mi perro, en cambio, solo pienso en el ejemplo (EJEMPLO en mayúsculas y con galletas de colores).

En algunas ocasiones (más bien todas las que lamento lo rápido que ha pasado el tiempo a su lado) me entristezco de felicidad plena cuando observo tanta honestidad en su gesto siempre fiel. La felicidad del momento, la infelicidad de la nostalgia anticipada. Ese instante presente que él conoce tan bien y coloca lo primero, que agota en cada segundo -junto a él- acelerado.

En la recta final de su vida, sigue demostrándome que es posible, que cada hueco se puede llenar con la misma intensidad del primer día, aunque te duelan más las piernas o se te "vaya un poco más la pinza" de lo que estábamos acostumbrados... aunque solo te sobren uno, dos o tres años de vida en los que él nunca piensa. Y, sí, tal vez he elegido ahora este regalo dialéctico -que nunca necesitará escuchar porque de corazón a corazón se sabe-, este presente en el presente, porque cuando recordarlo forme parte del pasado, entonces flaquearán las fuerzas en contra de toda convicción personal sobre, ante la duda, ser valiente y de hierro.

Hace tiempo leí que cuando un perro se deja su brillo en la mirada, cuando le vida le resulta ya demasiado pesada, simplemente, te mira a los ojos con contundencia y te lo dice... Yo os juro que, a pesar de sus años siete veces más intensos, ninguna mañana he dejado de iluminarme antes por su brillo que por el sol. La comida es felicidad; pasear es alegría; volver a verte es dicha -acercándose a la puerta el triple de despacio pero el doble de contento que cualquiera con su juguete que puede ser, tranquilamente, tu zapatilla vieja-; el cambio que tú decidas para él estará bien... y el gozo de vivir nunca encerrará más entusiasmo que ese significado concentrado en un solo rabo.

Luego separo la vista de la suya (de lo que siempre supondrá arrepentimiento), la levanto, y enciendo la televisión por si algún día un telediario me sorprende y alguna heroicidad humana vuelve a convencerme de que cierta racionalidad y estupidez exponencial no son la misma cosa.

Dejo de ver luz, brillo, dicha y felicidad. Dejo de ver honestidad. Observo con estupor la máxima potencia de la sinrazón; de la crueldad; de la contradicción que supone la práctica de dejar de ser lo que se es y dejar de hacer lo bello que cada uno y cada una ha venido a hacer. Una especie de personas abonadas a la resistencia ante el cambio, intento que pudiera entregarles una cola que mover. Seres humanos que compiten para ver quién sufre más o que simplemente compiten por vete a saber qué tontería nueva. Cromos repetidos de una vida que se deja de lado por las cosas que nunca fueron importantes, pero que llenan titulares bien grandes.

Y, algunas veces, veo incluso "dueños" que maltratan a sus "bestias" por alguna buena razón que ninguna persona logra entender.

Entonces apago la televisión, para descansar de tanta mentira obcecada en su brillante opinión. Ares... me mira, me sigue hasta la habitación con gesto vehemente, y vuelvo a aprender de nuevo que todo se me olvida cuando el amor, en forma de animal, no se pone excusas para darte las buenas noches y agradecerte otro día cargado de incondicionalidad y de vida. No lo digo yo, que no sé mucho de casi nada, lo vi en instantes tan pequeños encerrados en grandes momentos y, por supuesto, me lo enseñó mi perro.

 

Nosotros tenemos flores

Cuando se siente de cerca el dolor de lo ajeno, lo ajeno se tiñe de un color que no se parece al de una bandera.  El negro es ese tono que -según la RAE- no refleja ninguna radiación posible y además el de una pena muy intensa que, por otro lado, siempre lo es. La xenofobia  admite esta gama como emblema. El cine negro – también novela- no va precisamente  de comedia… Sin embargo, acogidos al símbolo, nos cuesta creer que el negro se aproveche de las limitaciones visuales humanas, al ser este percibido como una ausencia total de luz en el espectro cromático. Ayer el día volvió a ser negro y el miedo volvió a ser protagonista mediático.

Y es que solo el miedo podría estar detrás de un atentado, cuando en medio de él solo hay valientes regalando su vida a lo –que para muchos resulta- excesivamente injusto. Pensar que nadie se marcha ni un segundo antes de su hora –independientemente de la forma de partida- no reconforta en momentos en los que el negro tiende solo al frío. Pensar en seres cosificados al yihadismo produce el mismo odio y el mismo miedo que las bombas, y genera seres buenos de pensamientos malos y corazón sin latido. Porque el corazón social ha dejado de empatizar con lo que no está pintado entre las líneas de su mundo cerrado o de su limitante bandera. Si la muerte no vale una lágrima siempre, entonces no vale nunca nada, y desde esta gélida oscuridad debería congelarse la aprensión a no vivir eternamente.

Yo temo, especialmente, la falta de información sobre un ahora que permita SER conscientes, en cualquier instante y lugar, de cómo utilizarlo bien (el presente), y no de cómo malgastarlo al sentir tanta saturación de sombra desde los primeros claros del día.

Y es que solo el miedo paraliza sistemáticamente las reacciones físicas que bloquean el acceso a la cordura. Solo él podría estar detrás de la emoción que surge ante la posible-inminente pérdida de aquello que parece valioso, tan valioso que en una milésima de segundo se nos escapa sin cuestionarse nuestros temores. Miedo a la muerte; miedo al dolor; miedo a estar vivo. Paradójicamente, la misma muerte, de la cual nadie tiene ni idea, es un momento tan pequeño como grande es la vida, pero el pánico latente no nos deja pensar en aquello que todos los días está disponible, a nuestro alcance, sino más bien en lo que a cada segundo perdemos (lo llaman tiempo). La consciencia no evita la muerte, a la que damos torpemente connotaciones antinatura, pero puede evitar el sentimiento atroz de que suceda lo de ayer o de lo que te pasará mañana… Cuando lo único que está pasando es este instante y lo único que se te pide es que lo vivas.

De modo que aquí el miedo no tiene sentido, porque ahora a tu integridad no puede pasarla nada (salvo morirse, si toca). Las heridas duelen menos que el miedo a ellas… Y la violencia no tendría razón de ser sin esta apología de pertenencia al (lugar, material, credo…) miedo.

Ahora, en este momento, yo no puedo dejar de recordar y compartir una escena anclada en la menoria y enmarcada en las condolencias de los atentados de París. En ella un hombre, que no parecía francés ni europeo ni occidental, contestaba a su hija (quien afirmaba tristemente que "ellos" tenían bombas): PERO NOSOTROS TENEMOS FLORES.

 

 

(Descansad En Paz también los vivos).

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Retropost: Believe in you

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"Tenía una luna que lo iluminaba por dentro"

Hoy he leído en la prensa un homenaje dedicado a Gabriel García Márquez, quien no hace tanto tiempo se marchara dejando -privilegio de pocos- sus mayores tesoros para la humanidad y para siempre. García Márquez decía que "las personas inteligentes no leen periódicos", y yo me lo creo. No inteligente -para qué-, pero reconozco que me halagó verme en la sección de cultura -imaginándolo a él- al repasar esta sentencia -que comparto- y remedar al maestro.

Reconozco también, ya puestos, haberme emocionado sintiendo un relato de alguien que escribió con cariño y no con palabras cualquiera. Es muy distinto. Sí, he llorando descubriendo lo mejor que había en el diario. Siempre hay una alegría dentro de una tristeza, todo es dar con ella.

En esta crónica tan amplia, se habla de los últimos años del escritor, cuando tristemente ya se había despedido de la memoria que tanto le valió. En este sentido, algo que él debió de decir (al encontrarse con un hermano que ya no podía recordar), me ha empujado fuertemente por dentro: "No recuerdo quién eres tú... solo sé que te quiero mucho". Dicha frase se declara culpable de este post.

Y da qué pensar. Todos hemos gozado con una parte vital de este gran genio (sus libros) pero, de pronto, la vida llega a un punto de difícil retorno en el que lo que no hayas disfrutado, experimentado o vivido intensamente... se apaga. Y da igual como te llames o los homenajes que nunca podrás disfrutar. Simplemente, es así como describía García Márquez la muerte, como una luz que se apaga (...) sobre la cual no podré escribir una novela.

En mi opinión, él creó algo mucho más importante que eso. Porque a partir de la muerte se cambia el guion, no sé quién será el protagonista, pero en la película de la vida tal vez hubieron demasiados "corten", ¿no?

Tantas novelas de éxito para, tan solo, ser recordado. Estoy convencida que en el filo de su adiós poco le importaban todas  esas generosas palabras inmortalizadas bajo su impronta. 

Emilio Sánchez Alsina, autor de tan conmovedor escrito, definió al nobel como alguien que "tenía una luz que iluminaba por dentro". Y creo que eso ni la muerte lo acaba. Pero es necesario aprender a encenderlo cada día con todos los voltios del corazón.

No recuerdo quién eres tú, solo sé que te quiero mucho... Posiblemente baste con esto, y poder pronunciar la frase a los cuatro vientos  y con el alma, el último día de nuestra vida... Estoy convencida de que, poder sentirlo, será nuestra mejor obra.

Recordar a las personas no por lo que son, sino por lo que significan. Recordar gracias al amor y no a los esfuerzos de la memoria. Por favor, piénsalo, ¿y si solo sirviese el amor de combustible para este escaso capítulo de ti?

 

NOTICIA REFERIDA

 

 

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Perseguir un sueño

No es lo mismo que dormirse esperando a que aparezca. Perseguir un sueño quiere decir tener la claridad de poder imaginar cada detalle del mismo; significa tener la valentía de no abandonarlo en la primera curva en la que sientes haber descarrilado; implica comprobar tu pulso para saber que sigues vivo y ponerte en pie de nuevo con la ilusión de acercarte en el próximo intento.

No importa lo herido que estés, la impotencia que tengas, la energía que has dejado por el camino... (seguramente mucho de cada cosa). Pero tu sueño sigue esperando en el otro lado de la frustración, un poco más difuso cada vez que decides el letargo, la confusión o la renuncia.

Y esto no es poesía. La poesía solo está cargada de emociones como el dolor, la nostalgia y el anhelo. Los sueños no. Los sueños son la emoción de inventar lo que no posees ahora, lo que no podrás perder mientras no lo tengas, lo que nunca perderás puesto que muere al primer segundo de haberlo obtenido (para convertirse en evolución directa). La composición del sueño es la certeza universal de que puedes hacerlo real. Aquello que no podemos tener nunca seremos capaces de ni tan siquiera  imaginarlo.

Perseguir un sueño requiere estar despierto, implica consciencia. No es cuestión de suerte el golpe triunfante de quien celebra todo aquello que ha logrado. Pregúntale cuánta voluntad ha invertido en el viaje, pregúntale si fue fácil, pregúntale si fue pronto... Paciencia, voluntad, perseverancia... para que me entiendas. Ya puedes sentir que no tienes nada o que lo perdiste todo, pero mientras tengas imaginación eres capaz de conseguir aquello que realmente te propongas. ¿Qué te lo impide? Deja de poner excusas, cuando lo que quieres decir es no tengo paciencia, no tengo ganas o no tengo fuerzas. Entonces elige la permanencia de tu situación, pero no te quejes. Porque sigues vivo. Porque tu sueño sigue esperando fielmente mientras tú decides que no vas a acudir a la cita.

Un sueño nunca está equivocado. Idearlo nace de la integridad, de la última capa de cebolla de nuestro ser, la más escondida, gritando en silencio por lo que es suyo. Cumplirlo es simplemente decisión y compromiso para ser tan íntegro como nuestra voz interior (dejando de imitar la voz de lo externo). 

Estamos aquí para cumplir nuestros sueños después de perseguirlos incesantemente. ¿Para qué si no?¿Para quién si no? Por favor, vive tu vida, no eres víctima de ella, sino más bien cómplice del peor de los verdugos. La vida no tiene sentido sin los sueños de la gente, piénsalo. Lo mejor que conocemos fue creado por el motor revolucionado de los sueños que tuvieron personas como tú. Buenas noches y dulces sueños.

 

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Retropost: D-volver-me a la vida

Los domingos no voy a escribir, pero sí voy a publicar. Será el día de recuperar escritos, vídeos, imágenes o publicaciones del pasado, ya sea algo creado por mí, ya sea porque me llamó la atención y me sirvió en su día. Lo traigo al presente como nueva moda de lo viejo y tal vez para ti siga salpicando utilidad. Simplemente, quería añadir que la enfermedad solo pertenece al cuerpo, no a ti, y surge en la superficie como el aviso definitivo e imprescindible para poner solución a un profundo conflicto interior. Entender la enfermedad pasa por resolver aquello que es demasiado urgente como para seguir sin prestarlo atención.

 

La tendencia siempre es la misma. A cierta edad vulnerable, la masa – de levadura tan inflamable, como errónea – procurará absorberte a lo más hondo de su vacío (un vacío aparentemente acompañado). Un vacío de ideas y pensamientos comunes a la cobardía de no arriesgarse, de no intentar ser uno mismo; saberse diferente a la soledad de lúcidas personalidades que es escogida de motu proprio.

El raro no lo es, la palabra es “distinto” -original-. Parece apartado porque, a menudo, no se mezcla con lo que no consiente, ni entiende, ni le interesa. Al raro pocos se le acercan para descubrir cuan pesada es la carga de la realidad sin maquillajes. Es mejor flotar en la epidermis de pensamientos superficiales, eso sí, bien rodeado, que descender a los órganos vitales de una sociedad amordazada, sola, que intenta gritar a sorderas irreversibles.
A quienes se detienen en contemplar la verdad con sus cincos sentidos, la vida les golpea con una bofetada de su temeraria composición (violencia, indiferencia, injusticia, dolor…). Les debilita, al principio, el corazón y el alma ante tanto horror, para hacerles más tarde fuertes, en medio de una lucha convencida hacia la dignidad moral del ser humano que merece tal calificación: la de humanidad.
De esto quiero hoy hablar. Del duro camino que es necesario andar, desde la debilidad insoslayable hasta hacerte fuerte. Tan costoso es recorrerlo, como absolutamente preceptivo resulta transitarlo. Todo lo que vemos en esa travesía, todo lo que hacemos, todo lo que somos – y aquello que se empeñan en hacer de nosotros- tiene un objetivo fundamental: Crecer.

En territorio hostil, quien se la juega es un pequeño héroe de la calle. Los héroes son conocidos por arriesgar y salvar, ocultos entre la gente, por el disfraz mejor logrado, el de la humildad. El mundo al que hemos llegado es un lugar hostil y , quienes vivimos inmersos en él, somos pequeños héroes en potencia a la espera de arriesgar – con sólidos valores- y salvar nuestros sueños más profundos.
Cuando uno no termina de encontrar su lugar ni su misión, aun teniéndolo todo, cuando te miras en el espejo de la consciencia y el reflejo no te satisface, comienza la batalla personal. Proyectas toda una ira que no te corresponde contra la persona menos indicada: tú mismo o tú misma.
Y es que estoy cansada de ver en los medios y al cabo de la calle auténticos atentados contra una enfermedad que, quienes no padecen, desconocen absolutamente. “De personas superficiales y perfeccionistas obsesos; una moda extraña de jovencitos que ya pasará; una manera inmadura más, de personas que no saben como terminar de llamar la atención; apología temeraria de la televisión inoculada en cabezas perdidas; devolver el alimento que les devolverá la talla ideal – o idílica-…” No señores. La bulimia es mucho más que esto. La metamorfosis física – a menudo desafortunada- no es un fin, es un medio. Un método destructivo de aparente control y castigo hacia uno mismo. Es la soledad extrema y dolorosa de quienes no tienen nada más que perder, cuando ya hace tiempo se marcharon detrás de aquello que devolvían. Es un rostro castigado por una ENFERMEDAD llevada en riguroso silencio, una radiografía de almas que lloran, gargantas de palabras calladas, pulmones sin aire para respirar.
La primera vez que tomé conciencia de mi enfermedad, a la que he ganado muchas batallas, fue en un feedback de palabras honestas. Yo me abrí ante una psicóloga con mi problema, le dije: “soy bulímica”; me corrigió: ” No eres bulímica. Tienes una enfermedad que es la bulimia. De la misma manera que quien tiene gripe no es un griposo y , como esta, igualmente se cura”. No olvidaré cuando la misma psicóloga me confesó que ella no podía entenderme: “He estudiado mucho sobre esta enfermedad, he tenido muchos pacientes a los que he podido ayudar, pero no tengo ni idea de cómo te sientes, porque nunca he pasado por ello”.
Cuando una espera encontrarse mensajes reconfortantes y se da de frente con altas dosis de sinceridad, con las que no cantabas, emerge la sensación de profundo respeto hacia el profesional que tienes delante y hacia uno mismo. Entonces hay una especie de igualdad de condiciones en la conversación y abrirse duele menos.
A ti, que si has llegado a leer este mensaje es porque necesitas ayuda urgente, porque tienes esta ENFERMEDAD carcelaria y no sabes como salir de este círculo destructivo en el que te envuelve, a ti quiero decirte que yo sí sé como te sientes; que yo sí he pasado por la misma guerra; sé lo que vales, lo que deseas, lo que has sufrido y lo que te queda por pasar. Yo , que acabo de entrar en tu interior armada con mi verdad, ¿por qué iba a mentirte en esto? Se cura.
Imagino todas las veces que os habéis intentado convencer de que es imposible dejar lo que te mata, cuando aquello que te mata te mantiene vivo… Pero esas voces, carentes de luz al final del pasillo, son alienadas por un pensamiento erróneo  y caducado que ya ni siquiera os pertenece.
Cuando uno recurre a su lucidez (que está ahí esperando a que vuelvas), al sentido común, y en una balanza colocas los pros y los contras de las conductas categorizadas por la bulimia, con atino se da cuenta de la nula efectividad de las mismas: tu salud comenzará a resentirse en muchas áreas de tu cuerpo (si ahora no han aparecido los síntomas, pronto llegarán); la comida que liberas de tu cuerpo no llega al 50 por 100 de lo ingerido; el maravilloso esmalte de tus dientes será destruido por los ácidos, las estrías no esperarán a tu embarazo, tu corazón echará un pulso con la vida por cada vez que rozas la campanilla con los dedos; a tu rostro le pasa algo, no hay duda, empieza a ser imposible ocultarlo y, lo peor de todo, los daños psíquicos pasarán a ser cicatrices con las que tendrás que lidiar de por vida e incompatibles con vivirla.
Esta es la realidad. No digo que sea más fácil no hacerlo, pero es infinitamente mejor. Por mal que alguien se sienta, no gana absolutamente nada empeorando las cosas. No podemos ser víctimas eternas de nuestro inconformismo vital y, muchos menos, convertirnos en nuestros propios verdugos. NO TE LO MERECES y tú lo sabes bien. Lo complicado es luchar contra una enfermedad que yo comparo siempre con un tsunami (me encuentro ahora en ese punto) y he de decir que es muy costoso remontar, pero es la única opción posible, no hay más. Cuando dejas de vomitar, de maltratarte, y plantas cara a la enfermedad, comienzas a ver todo lo que ha arrasado: amigos, vida social, salud, juventud, vitalidad, amor… Te ves en medio de la nada, completamente sólo en apariencia, pero asumiendo que tampoco habrá ya nada capaz de ocultarte un horizonte al que, con sacrificio, debes llegar. Y se puede. Es tu meta y tú puedes hacerlo.
De repente un día te levantas de la cama y ya no sientes que eres frágil, te sientes fuerte para salir al mundo y dejar atrás todo un dolor, que marca, pero alecciona mejor que cualquier otra enseñanza. No hay mejor aprendizaje que el que experimentamos en primera persona a través del sufrimiento. Con el tiempo se controlar, todo esto te hará crecer, te hará humano, te hará fuerte. Te convertirá en una persona mejor de lo que ya eras. Serás alguien especial que si pudo con esta horrible enfermedad, podrá con todo. Porque si miras a tu alrededor, y dejas de mirarte a ti, podrás comprobar que aún quedan cosas maravillosas por las que merece la pena ser tú y estar sano para disfrutarlas y compartirlas.

Siempre hay alguien que te necesita, que te quiere, que te echa de menos cada vez que estás y no estás, quizá son pocos, pero, sin duda, suficientes. No estás solo cuando estás contigo. Ahora toca construir. Lo bueno de empezar de cero es que puedes empezar por y como quieras. No hay prisa y no es tarde para quererse y aceptar las cosas que NO se pueden cambiar, y luchar por las que sí somos capaces de modificar, únicamente con salud y dignidad. Nadie vendrá a hacerlo por nosotros.
En el fondo sois personas mágicas, con todos los condimentos necesarios para cambiar las cosas. Os convertiréis en esos pocos, pero valiosos, héroes que el mundo real necesita. Yo decidí “de-volver-me a la vida” ¿y tú?

 

Estefanía, 15-01-13

12-M

Creo que hoy debería titular este post "El día después". Ayer fue 11 de marzo, pero decidí dejar para mañana las menciones (además, no me gustan las fechas señaladas, no me parecen importantes cuando le das la justa relevancia al tiempo). ¡Y aquí estamos! intentando darle salida a un artículo que no quiere dramatizar.

El día después... ¿alguna vez os habéis preguntando la valentía que supone enfrentarse a este día concreto?

Si tiramos de hemeroteca anecdótica muchas de estas experiencias querríamos haberlas evitado. Por ejemplo, el día después de "meter la pata"; el día después de consumir más alcohol de lo que tu cuerpo es capaz de asimilar; el día después de tener relaciones sin cuidado; el día después de un día soñado; el día después de comprar eso que tantísimo te gusta... Hay algo en todos estos momentos que nos hace desear volver atrás. ¡Ay! quién me mandaría a mí abrir la boca; no vuelvo a beber...; haciendo cálculos, según el ciclo menstrual, es imposible pero... ¿y si sí?; ¡jo! tanto tiempo soñando con ese instante y ya se pasó todo ¡qué bajón más grande!; ¡bah! si tampoco me gustaba tanto... ¿Os suena?

Yo creo que el 12 de marzo del año 2004 muchas personas vivieron -para muchos prematuramente- el peor día de sus vidas. Porque el día anterior fue un caos y fue horrible, y todos querrían borrarlo. Fue el día clave, el hito histórico, el comienzo y el fin de tantas cosas, la fecha en mayúsculas, el gran titular, lo que se recuerda año, tras año, tras año. Pero la primera luz de la mañana siguiente, resaca de lo injusto, abre en canal una zona de dentro que ningún científico ha podido demostrar todavía dónde se encuentra exactamente. Los médicos dicen que el corazón no duele, cuando te duele el corazón, no falla. Los grandes poetas decían entrañas cuando querían referirse a lo realmente profundo; un escritor que a mí me encanta, Albert Espinosa, se refiere al esófago como la zona más damnificada por nuestras emociones (supongo que esto será porque en el estómago ya viven las mariposas ajenas al dolor). En fin, creo que el 12-M a todos nos dolía algo con tanta intensidad que podríamos diagnosticar el dolor incluso fuera del cuerpo, algo demasiado sobrehumano como para poder tener remedio. Cuántas personas perdieron algo... La vida, la salud, la familia, la fe, la ilusión, la paciencia, la memoria, la confianza...

La indignación ocupó el lugar de todas las palabras anteriores y, en mi caso, no me costó demasiados años devolverla al olvido. No hablo de la cobardía, que pueda suponer cerrar los ojos a la realidad o de la frialdad que congela la sangre, sino más bien de vida. Eso que tanto valoramos que cuando atentan contra ella queremos morirnos. Paradojas de la vida lo llaman a esto... Aunque lo cierto es que cada día hay muchas muertes poco naturales, televisadas o silenciadas, de las que estamos bastante curados. La M del 11 es mucho mas mayúscula en Madrid que en Mali, y para la lógica de todos cualquier vida debería merecer la misma consideración. 

Pues bien, como decía, fui dejando de ser adolescente - por suerte o por desgracia- y comprendí que el mayor daño autoinfligido es el de la no aceptación. No se trata de resignarse o de puro coraje. De lo que hablo es más bien de otorgarle el merecido protagonismo al día después sin querer borrarlo -o borrarse- del mapa. Y esto pasa por no cuestionar "qué hubiera pasado si" cuando la vida siempre te responderá con lo único que podría haber pasado. Sí, a veces nos vemos repasando tres opciones o trescientas, pero era tan válida la de equivocarse como la de acertar. Para la vida de cada uno -que juega en una liga superior- es tan justo morirse como sobrevivir; asesinar como salvar; haber cogido el tren como haberlo perdido; perder como ganar... Porque eso es lo que a ti te tocaba descubrir y las opiniones de nuestra mente aún están, a día de hoy, muy por debajo de comprenderlo.

Cuando comprendes... ya no es impotencia. Sigue doliendo, para qué nos vamos a engañar, pero, no para arrojarte al más despótico sufrimiento, sino más bien para que sepas que sigues vivo. ¿Sufres o vives? 

Por eso el día después es una nueva oportunidad para dejar de sobrevalorar el ayer pasado que dejó de existir con cenicienta. Que esa metedura de pata fue desahogo; la borrachera ahogo pasajero; el chico de la otra noche el inadecuado; el "gran día" idealización o el capricho la distracción de lo importante. Si pudieses vivir cada día como el último, no habría un día después para recordarte que HOY es posible porque hemos crecido. Quizá perdiste el tren - o a alguien- para seguir creciendo o te moriste porque no tenías que crecer más, ni soportar este post. Quizá por eso coloco el punto final cuando ya estamos a comienzos de un nuevo 13 de marzo.

Sea lo que sea... ¡Hasta mañana!

 

 

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Alas de libélula

Las libélulas son veneradas en algunos países, como Japón, y representan el símbolo del cambio. Sus finas alas bailan en el aire y nos invitan a desarrollar una sutil intuición para dejarnos llevar por el viento. 

Los paradigmas conceptuales nos mantienen esclavos a lo estático, defendiendo argumentos que poco tienen que ver con los motivos que hoy deberían preocuparnos. Todo está en movimiento, así que evita el derrumbe, despliega tus alas y atrévete a saltar al vacío de la trasmutación.

Tus células cambian constantemente, eres renovado por dentro de manera sistemática; físicamente eres a menudo otra persona que no sospechas. De manera afín, La tecnología no deja de crecer exponencialmente sometiéndonos a nuevos retos de adaptación al medio, que ahora es otro medio, con otros códigos, eminentemente online. Ya lo dijo Darwin: "Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas o las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio.

Así pues, esta fue la pretensión cuando se me ocurrió la idea de crear un curriculum diferente. No en las ansias de parecer distinta, sino en el convencimiento de que las personas tenemos que tender a brillar abarcando todo el potencial del que seamos capaces, y hacerlo tan pronto como comprendamos esto.

Y en el trabajo, como es lógico, no es excluyente lo antedicho. También te puedes desmarcar. La persona que está "al otro lado de la entrevista", con el poder de elegirte, es solo otra persona que tiene la superioridad relativa que estemos dispuestos a darle. No se la des. Sorpréndele.

El curriculum vitae en tarjeta de memoria USB nace más bien de una necesidad, y no como una arriesgada innovación. En este sentido, ya hace tiempo opté, en consonancia con mi profesión altamente comunicativa, por realizar un formato audiovisual. Esta opción resultaba práctica a la hora de proporcionar el enlace por las distintas plataformas de empleo o a través del correo electrónico, pero pensé que si quería dirigirme a las empresas personalmente, tendría que volver al plan A (de DIN-A4). Y no estaba dispuesta, quería y quiero apostar por ello. Desde esta perspectiva, acojo la profusa convicción de ser honesta conmigo y con el de en frente: si te cuento en un vídeo quién soy, qué hago y cómo lo hago, y esto no te lleva a concretar una cita conmigo, entonces es que ese trabajo no era el que buscaba y esa empresa no es probablemente lo que necesito en este punto del trayecto.

Cuando uno indaga dentro y descubre cuál es su verdadero valor, lo agarra fuertemente y no lo vende a cualquier precio.

Por eso yo os invito a sentaros -primero- con vosotros mismos. Te hablo a ti. Descubre tu verdadera "marca personal", aquello que te hace único dentro de la igualdad que todos compartimos y utiliza esta tarjeta -solo si quieres- para guardarlo como un cofre y brindárselo a aquella persona que lo sepa valorar tan bien como tú. Ese será tu sitio.

No te quiero engañar. Este sistema no garantiza nada. Este formato no es mejor ni peor que el tradicional. De modo que la tarjeta simplemente es un amuleto. Para que recuerdes que tus células no dejan de transformarse; que las tecnologías avanzan y que los cambios son naturales, por no decir necesarios. Tal vez este sea el cambio para el cambio que buscabas a nivel profesional. Ese reinventarse en lo laboral que, inevitablemente, se entromete en tu parcela más personal y todo lo que conlleva.

No es una opción más barata. No tienes porqué crear y guardar un vídeo si no quieres o no encaja con tu vocación o contigo. Recuerda, puedes elegir, guarda lo que quieras. Aún no he tenido tiempo de comprobar los beneficios del sistema. Ha sido una inversión enfocada hacia  lo que ahora mismo supone mi mayor objetivo: encontrar trabajo. Como supongo que también el tuyo si todavía me estás leyendo. He sembrado algo, cuyo esfuerzo no sé lo qué me deparará o si vendrán tiempos de bonanza. Lo que sí puedo decirte es que en pocos días ya he recogido algún fruto que antes no tenía.

El modelo de CV ha generado una gran expectación; ha encendido debate y creado opiniones; he recibido felicitaciones, críticas; he realizado entrevistas y me he mostrado. Como decía el eminente y reconocido Dr. Guillén, a quien tuve el honor de entrevistar, "el secreto está en mostrarse...". Él comparaba la vida con una vasija, y esa vasija de vida con un curriculum vitae. Esto se le antojaba como una especie de contrato con uno mismo que tenemos que ir llenando (de experiencias) con una única condición: que fuéramos lo suficientemente valientes como para decidir cuándo y cómo cambiarlo. Decía esta eminencia que el contrato de tu vida , tu curriculum vitae, no es innegociable.

Para mi gusto, es precisamente esta la gran idea que comparto contigo. Un CV original que puede ser como la alegoría de la vasija, del Dr. Guillén, que tú decides cómo llenar.

¡Atrévete a brillar! con la única luz que, si tu quieres, jamás se fundirá: tu propia luz. ¡Alúmbranos!

Y ahora... despliega las alas de libélula, fluye con el viento y, simplemente, vuela alto.


CARACTERÍSTICAS

  • Tarjeta USB con función de CV
  • Capacidad: 2GB
  • Serigrafía X2 caras (con los datos que se quiera incluir -modelo propio-).
  • Contenido: excluido de trámite
  • Nº Unidades: 25
  • Consulta cualquier duda

  DISTRIBUCIÓN

  • Solo se distribuye en España
  • Oferta excepcional para particulares
  • Precio: 126 € (IVA y envío incluido)
  • Gestión: contacta conmigo a través del formulario.
  • Presentación: con funda de plástico


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Gracias Udima

Lo que plasmo en este instante pertenece a un alto en el camino. Vivo la crisis buena de experimentar el final de una etapa para empezar -inexorablemente- algo nuevo y latente en el cambio. Esto ilusiona, pero asusta, especialmente cuando inviertes todo tu corazón en la apuesta (que es, por otro lado, mi única garantía y certeza de no haberme equivocado).

Hace poco más de cuatro años elegí la alternativa de volver a elegir. Esa espinita clavada que no pasa con la miga de aceptar y resignarse a la insatisfacción personal. En esta reflexión que ahora comparto me doy cuenta de que una nunca deja de hacer las cosas mal; de errar; de confundirse... Pero sí hay que dejar de culpabilizarse por circunstancias que no son sino la llave de una evolución y un crecimiento personal. Me doy cuenta también de que cualquier momento es el mejor para ser honesta y agradecida con las situaciones -malas y buenas- y las personas -al final siempre buenas- que te han traído hasta aquí. En esto consiste la vida, en tomar plena consciencia de que si algún pasado -aunque no exista- importa es "el pasado de mañana", es decir, hoy, o más concretamente, ahora. Este instante es el útil, el único, y es, en este caso, el óptimo para dar las gracias y no guardármelas.

La decisión de la que hablo consistió en no perder la oportunidad de volver a estudiar otra carrera, pero esta vez, la que siempre había resonado conmigo. Entre los riesgos y los mares de dudas, elegí la UDIMA, y lo que yo no sabía es lo que me iba a encontrar más tarde detrás de los libros;  detrás del ordenador; detrás de Madrid; detrás de ese gran edificio; detrás de todas y cada una de las personas... e, incluso, detrás -o más bien dentro- de mí.

Había muchas cosas que superar con la promesa de retomar una vida apartada y desviada del tramo de vivir. Tuve además el honor de poder trabajar entre sus muros y aprender de grandes profesionales -cada uno en su papel- junto a los que me sentía, francamente, privilegiada. No todos fueron momentos buenos, pero eran necesarias experiencias que pusieran en cuestionamiento la fragilidad que usurpó la fuerza en algunos baches -por fortuna y por mérito- pasajeros. También vi el talento y la enorme voluntad de compañeros de universidad que, como héroes, decidieron seguir sus sueños sin dejar de lado grandes responsabilidades del día a día. En muchos de ellos encontré además el ejemplo y la motivación para seguir superándome.

Muy probablemente  serán efímeros nombres para vosotros, yo voy a citar auténticos significados que, en este punto del camino, encuentro con nostalgia en la mochila que he de posar.

Como suele decirse, no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Recuerdo que la primera joya que vi brillar se llama Álvaro, abrió sendero, y me enseñó que la humildad de un ser humano, no solo no está reñida con ser muy grande, sino que amplifica aun más su magnitud. Yolanda fue profesionalidad y madurez; juventud y ternura. Me enseñó además que no pasa nada y que, si pasa, se saluda. Antonio es un buenos días por la mañana y una sonrisa, aunque el día no esté a la altura. Mar me iluminó antes de "dar la luz" más bonita de su vida. Sarita me recordó que los ángeles no solo están volando, sino que hay muchos sentados haciendo a la perfección su trabajo y caminando con quien les necesita. Gerardo es un interior directamente proporcional a su altura. Ana V. siempre fue bondad y confianza. Alba me demostró con su ejemplo que tras la equivocación del juicio, es también de humanos dar segundas oportunidades. Dani me enseñó a perdonar y a valorar que lo único valioso son las carcajadas que puedas contar al día. De Javier nunca voy a olvidar que el "no", no está bien visto ni en el mensaje publicitario ni en los mensajes de la vida. Margarita es la exigencia cargada de ejemplo. Miguel es distancia y admiración, cercanía y persona. Rodolfo es el niño que nadie debería perder. Eduardo es la voz de experiencias para las que siempre tienes que tener oídos. Joaquín es la virtud de la palabra compañero. Eugenio es la inteligencia disfrazada de sentido del humor. David, templanza. Diego es recordar que la voz del corazón tiene la última palabra y que las palabras son, muchas veces, mensajeras de felicidad. Ana es adrenalina en Bilbao, y Bilbao es César; ambos fuerza y sensibilidad respectivamente. Raúl, nobleza y lealtad. José es ¡tan guapo!. Pedro y Richard, inestimables compañeros de tantos viajes Madrid-Villalaba. Reyes es el coraje de las súper madres de familia. Víctor es graná y es sobresaliente, es elegancia informal. Edu es disfrutar el momento. Las Marías siempre son buenos pilares para dejarse sostener cada mañana. Santi "el buen sabor de boca" que te quedó pendiente de conocer. Andrés es el don de las palabras, la palabra resilencia, el sabio, el digno puesto de quien prefiere saberse útil, siendo importante. Y Arturo... tengo que citar lo que decía El Principito: "lo que embellece al desierto es que esconde un manantial en cualquier parte" , resultando cada trago de agua al que seas capaz de llegar (y esto es mío) algo que se impregna para siempre. 

Por cada persona que no menciono en este post hay seguramente un recuerdo que no olvido. Por cada vez que no supe estar a la altura de esto que escribo, pienso y siento, perdonadme. Por lo demás, muchas gracias UDIMA, por tanto aprendizaje (personal) profesional, y ¡hasta siempre!

 

 

 

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Delitos de amor

No, no es lo -ñoño- que parece. Todo empieza por argumentar - si me dejáis- que los delitos no son aquellos cometidos por las malas personas, sino una respuesta -contraria a la ética- que se esconde detrás de una emoción y que va intrincada a una actuación consecuente a ella. No existen los malos per se, salvo en el cajón de odio que también almacenan los buenos (y los telediarios), ante la propia percepción de crueldad ajena (otra emoción esta opuesta estratégicamente, pero colocada en un lugar interno donde los extremos se tocan). Yo lo sé, la mayoría no vais a estar de acuerdo conmigo, pero no es necesario, te invito a leer otro punto de vista diferente y más sosegado. Un punto lejano y escéptico que reza: la violencia solo se combate con amor.

Se me ha ocurrido este post al enterarme de que ya existe un nuevo agravante de actual aplicación, en asuntos penales, denominado "delito de odio". Es algo así como sumarle al hecho delictivo el peso del sentimiento enquistado, que por factores ideológicos o educacionales, principalmente, llevan al ser humano a perpetrar sus más violentos impulsos.

En este sentido,  tanto con el amor como con el rencor se ha traficado. Hechos inaceptables, desde el punto de vista que se le quiera dar, o uniones matrimoniales, a veces, subyacen bajo la misma firma de deslealtad al amor innato, que es vulnerable pero perfecto, aunque potencialmente maleable con el paso del tiempo. La lealtad hacia uno mismo no es un mérito que te concedan o un logro, ni tampoco algo que debas buscar en los demás o en la sobrevalorada suerte de las vueltas que da la vida... simplemente, está en donde siempre estuvo. Busca en tu alma desnuda de experiencias y de opiniones sobre lo impuesto por inercias de todo tipo, ya sean sociales, culturales, ideológicas, familiares, coyunturales... Busca el amor en el odio y perdónate por sentir la misma ira del que condenas.

Hay una persona muy valiosa que me inspira amor, David Testal, y hace poco me dijo algo, en el momento idóneo, como siempre, que me gustaría compartir con quien ahora me lea: "Un artista y un terrorista pueden tener pensamientos similares. La diferencia está en lo que deciden hacer con ellos." ¿Una obra de arte o una masacre? El camino del héroe no pasa únicamente por la rectitud de lo que decidimos hacer con nuestros pensamientos, cuya causa puede no ser noble, sino más bien por la decisión alquímica de convertir el odio en el amor que traemos de serie, hacia la humanidad pero, principalmente, hacia uno mismo. Y es que solo brillando puedes recordar al de al lado que él también es capaz.  Precisamente en este sentido, tengo el orgullo de dar la mejor de las NOTICIAS: existen héroes resplandecientes brindando ejemplos, además de gente buena.

 

 

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El Día de la Coherencia

Aprovechando la coyuntura que nos ocupa en esta fecha tan señalada (el día de la mujer), y permitidme la ironía sin tildarme de algún "ista", ha surgido la brillante y urgente idea de cambiar el tradicional nombre de "el Congreso de los Diputados por, simplemente, "Congreso", en un acto de deferencia -que no diferencia- unisex. Cuando decían que venían tiempos de cambio y regeneración política, no pensé que se referían a temas tan relevantes.

Esta guerra de la a y la o a mí me desconcierta. Y no solo porque ahora, más en mi deber como periodista, tengo que estar pensando si determinada profesión es más correcta en femenino o en masculino -que también-, sino porque la injusticia histórica en contra de una mujer por serlo; de una u otra raza por su lugar de origen o de una clase social por lo que se tiene y lo que se deja de tener... no se borra arrancándole páginas a la RAE o cincelando fachadas emblemáticas. Y me acojo a la metáfora de fachada para retornar una vez más a la cuestión de fondo. Y es que existen personas (una palabra mucho más abarcadora que acaba en "a", como veis) a las que se les llena la boca para decir, con énfasis y pulcritud gramatical, tonta, fea, gorda, zorra, puta y sus variedades -y aquí no hay distinción de género-. 

Y yo no me posiciono en contra de la enunciación, de la reivindicación o de la transformación dialéctica, cada uno que haga lo que quiera, pero me decanto más por la coherencia del ejemplo que abra paso al cambio silencioso, coherente y profundo (en aquellos casos, de él o de ella, en los que reine la ignorancia, la injusticia, la estupidez o la falta de escrúpulos). Si a un periodisto le pagan más que a mí, espero que sea porque trabaja más, tenga más talento, produzca más beneficios, tenga mejores ideas o corra más riesgos en cuanto a su integridad física y mental. Tengo la rara costumbre de no comparar, de preocuparme por mi propia evolución en virtud de las circunstancias y de no celebrar los días señalados cuando toca.

Y es que, perdonad pero, no somos iguales. Hay muchas cosas que nos diferencian a un hombre y a una mujer (lo que no justifica que el reconocimiento o el amor hacia uno u otro varíe en ningún caso). Es bastante mediocre comparar, inútil batalla de a ver quién gana, como si la vida  y la naturaleza, a estas alturas, fueran gilipollas -con perdón- y nosotros los listos. Desde aquellos tiempos prehistóricos, donde se vivía en comunidad y cada elemento familiar tenía su rol, distinto y aceptado, pero igualmente productivos para el bien común, se ha heredado un modo de vida. Unos comportamientos más o menos perturbados, en función de la educación, de las creencias, de la coherencia de cada sexo o de una -mayor o menor-consciencia humana sobre lo que realmente importa.

Así que, por esta razón, yo quiero promover el Día de la Coherencia. Un día importante para todos los días y en el que cierre el Corte Inglés. Nada de lo que viene a este mundo debería de ser cuestionado en cuanto a necesaria relevancia. Lo malo y lo bueno encierra otra esencia que disuelve el dualismo en aquello que nos resulta más útil saber. Todos los hombres de este planeta no necesitan que se les recuerde el valor de las mujeres, ni en sus distinciones ni en el trasfondo de su ser que es lo que a todos nos une. Muchos hombres no necesitan recordar que a una mujer ni se la pega ni se la mata. Muchos hombres no necesitan que se les recuerde el precio del trabajo valioso que haya llevado a cabo su empleada o empleado. Otros muchos hombres necesitan mirarse y caer en la cuenta de que están equivocados y absorbidos por su mediocridad, cuando creen que el aspecto, por sí solo, puede determinar algo, pero me temo que muchas mujeres también. Mujeres que hieren a un hombre o a otra mujer, con la misma impunidad que tiene la ley hacia conductas penosas (pero eso ya es entrar en otra cuestión). Al igual que muchas mujeres tampoco necesitamos sentirnos especialmente reconocidas ni distinguidas, puesto que la consustancialidad, por simple hecho de existir, se presupone.

En fin, por todo esto a mi me gustaría que hubiese un gran día contra los prejuicios, contra los juicios injustos, contra la falta de integridad o de coherencia, contra el déficit de consciencia, la doble moral y las luchas innecesarias por poner el acento en lo que se tiene o no se tiene, y en lo que ya se es: SERES HUMANOS (¿y humanas?).

Feliz martes, que por suerte se escribe con e.

 

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Creer o no creer, esa es la cuestión

¿Hasta qué punto las creencias dirigen nuestra vida? ¿Os habéis hecho esta pregunta alguna vez? Y no me vale la respuesta automática de: "yo no creo en nada". ¿De verdad?

Es que no estoy hablando de religiones ni de dioses, me refiero más bien a lo sutil, a aquello que nos acompaña silenciosamente - o a voces- en cada decisión que tomamos, ya sea grande o pequeña. Y es muy respetable la creencia en lo que se quiera, hasta ahí podíamos llegar, pero también es oportuno tomar consciencia de la implicación que tiene para nosotros ceder una pequeña parte de nuestra libertad a esos templos mentales que elevamos a la categoría de INTOCABLE.

Muchas personas de mente preclara, debidamente preparadas, inteligentes, con visión de futuro, intuitivas, con capacidad analítica, incluso buenas... creyeron que Einstein eran un niño tonto. Este crío es lento, no sigue al grupo... ¡Lo tiene claro! ¿Os resuenan estas afirmaciones?¿Os suena Einstein? El célebre científico confesó esta anécdota para explicar lo -a veces- injusto de la soledad de quien no sigue el obtuso camino de la mayoría y las consecuencias de poner una mente pueril al servicio de la capacidad universal: "me preguntaba por realidades más grandes, conceptos en los que los niños de esa edad no se detienen y dan por hecho".

Este amago de ignorancia, respecto a las sagradas, constructivas e intocables asignaturas del colegio, le llevó a cuestionarse grandes teorías científicas que regían sobre la vida humana y que, años más tarde, le llevaría a ideas geniales que tambalearían los cimientos de la ciencia clásica y ortodoxa. La Tª de la Relatividad o las bases sobre las que más tarde se cimentaría la revolucionaria física cuántica, son algunas de sus grandes aportaciones, y por esta y otras muchas virtudes fue nombrado personaje del S.XX según la prestigiosa revista Time.

Una de las aportaciones más asombrosas de esta nueva física fue la de pormenorizar la composición del átomo, en cuya estructura hallaríamos materia o vacío, indistintamente, en función de la percepción del observador; es decir, la mente del observador crea la realidad. De modo que es científicamente demostrable que las cosas ya no son como son, sino como tú quieras que sean (a un nivel más o menos inconsciente, claro).

Espacio vacío inteligente, una forma chula para denominar el inmenso océano energético que gobierna al pequeño átomo o al enorme universo de todo cuanto nos rodea.

 

De revolución en revolución, os presento a Mahatma Gautama, tal vez más conocido como Buda. Cuatro salidas del templo que le cobijaba, allá en la India en torno al año 400 a. C., le llevaron a encontrarse con personas castigadas por algún tipo de padecimiento, y esto le obligó a reflexionar sobre los grandes sufrimientos y las paralizantes dicotomías que amenazan diariamente al ser humano: la muerte, el apego, los deseos, la ira, la enfermedad... No aceptándolo -cuenta la leyenda-, la coyuntura le llevó a meditar durante largos días bajo una higuera hasta poder encontrar respuesta y solución en vista de tanto dolor en rededor. Sin comer ni beber, dicen, llegó al Nirvana, la iluminación, la máxima paz a la que la consciencia humana sería capaz de llegar. La perfecta sintonía con la vida, como cuando al árbol simplemente se le pide que lo sea, sin opinar sobre sus raíces o sobre si está bonito o feo sentirse árbol y no colmena. Buda se atrevió a desafiar los "designios" de la mente para hacer un viaje al interior de su ser y trascender cuanto él era para fundirse con el todo a través de la energía universal.

Desde esta perspectiva, dicho ser humano -elevado a dios en contra de su propia perspectiva del mundo- consiguió librarse de las cadenas que amarran desde siempre los puntos muertos del inconsciente colectivo o de la santa sociedad.

Ciencia y espiritualidad, como veis, se abrazan para contarnos que no son cosas tan distintas. Para retarnos -a pequeños seres humanos en que nos hemos convertido hechizados por el materialismo y tantos ismos- a cruzar la orilla de nuestras mentes limitantes en busca de libertad. La ciencia es objetiva, es empírica; la espiritualidad es subjetiva, no comprobable...¿Esto es así? Apostaría a que es la experiencia el reto del AHORA, del instante presente, para traspasar las líneas rojas que hemos aprendido a imponernos, por voluntad propia o ajena. La realidad es que todo cuanto miramos es subjetivo hasta que no comprendamos la inmensidad que somos detrás de cada creencia en lo insignificante. La objetividad descansa en la esencia, esperando con entusiasmo a que te atrevas a volver la vista hacia ella y no hacia fuera. Posa tu ignorancia en este instante y ahora dime en dónde estás colocando la atención vehemente y cómo te responde la vida que creas.

Creer o no creer, esa es la cuestión...

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En qué nos hemos convertido

Dicen que todos los animales representan una virtud sagrada. Una mezcla de estirpe, cultura, carácter y tradición. Este paradójico animal carnívoro que come bambú, en su simbología más totémica (así lo llaman), encierra varios aspectos nada despreciables para la consciencia. En primer lugar, un cachorro tendrá que ser abandonado si la madre naturaleza decide que han de venir dos al mundo (pues mamá osa solo tiene capacidad para amamantar a uno), qué gran injusticia, ¿no? Siguiendo con los contrastes, se ha demostrado que el bambú tiene gran resistencia y flexibilidad, lo que llevado esto al símbolo, nos conduce entonces a la fortaleza, pero al mismo tiempo a la tranquilidad y sencillez de este mamífero. Aparentan una gran ternura y fragilidad que no deben llevarnos, dicho lo anterior, a desdeñar la gran fuerza osuna que encierran. Nos evocan además a: lo exótico; el amor a la libertad, la diplomacia y la diversidad de culturas; la inocencia que nunca debería perderse y, al ser grandes trepadoras de árboles, la conexión con el conocimiento más elevado.

Y yo me cuestiono qué tendrá de totémico el animal humano, cuyo ego ha evolucionado tanto que solo ha aprendido a separarse de su naturaleza, de sus orígenes y del amor que lo empujó a este mundo para algo más productivo que la marca personal. No te diría yo que no se corrompe al llevar sus dones racionales a la más pura competitividad, a la más repugnante arrogancia y al más ínfimo sentido de la consideración hacia el resto.

Es tiempo de ¡Pantojas a la cárcel porque algo habrán hecho! Y no nos tiembla el pulso ya a la hora de emitir juicios sobre los demás, de los que hallamos justificación en la propia magnificencia, que no es sino nuestra pequeña parcela de mundo blindado. Así que condenamos, por supuesto, porque nosotros somos muy dignos y muy pulcros, y los demás...

Tanta barbaridad se me antoja el hecho de escandalizarse por "papeles" robados, como regocijarse en la privación de libertad ajena, la de un ser humano como tú y como yo, aunque fuese un solo día, pero eso sí, clamando justicia (divina, sí, muy divinas todas). "Pocos años le han caído para lo que ha hecho", "las personas no cambian, no se pueden reintegrar en la sociedad".

De dónde sale tanta rabia, si la lógica de la vida nos explica que esta es un espejo, y que algo tendremos que mirar de nuestro propio abismo maquillado, cuando lo que entregamos al resto de la humanidad no se parece al amor... ese que tanto pedimos pero que tan poco estamos dispuestos a dar. 

Hoy me he encontrado con esta noticia, en la cual se cuenta la historia sobre la vida de un preso condenado por algo que él no había hecho, una violación, ni más ni menos. Y cómo los pequeños detalles pueden ahora, poco a poco, devolverle la vida que le robaron. Aunque sea precisamente el tiempo el único tesoro que nadie podrá devolvernos jamás...

Me pregunto cuántas historias manchadas de horror -y también de error en ocasiones- nos producen alivio. Y si, como en el Panda, aprenderemos lo mejor de este, de la ternura, de la  libertad, de no juzgar a la ligera, de la plausible sabiduría, o si, por el contrario, nos conformaremos con la resignación de tener que ser fuertes, como la afilada espada social (que se protege y ataca con la misma determinación), para que la fragilidad, del otro lado de los barrotes, no nos destruya lo humano. ¿En qué nos hemos convertido?

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La felicidad, ¿utopía o realidad?

Alguien dijo una vez que la felicidad no es un estado del alma, sino una actitud ante la vida. Aquí emerge probablemente uno de los conceptos más inefables, más difíciles de expresar con palabras concretas, y no menos perseguido por el hombre, descansando o torturando, en el inabarcable inconsciente colectivo. Un sinfín de versiones, contrapuestas -y superpuestas- de la frágil experiencia de vivir, hablan de la felicidad. Como si la conocieran. Constituye así una especie de inquietante y vehemente compañía del pensamiento, en cualquiera de sus manifestaciones: el imperioso deseo de aquello que no tienes; el anhelo de la memoria cuando cualquier tiempo pasado nos pareció mejor; la certeza de creer verla reflejada en nuestro próximo hallazgo…

¿Se siente mágicamente o se practica en el sano deporte de vivir con intensidad? ¿Se hereda? ¿Se estudia?¿Se busca?¿Se encuentra? Sin duda, se trata de una respuesta física, metafíscia, emocional, intelectual y experiencial. Nos enfrentamos a todo lo que somos en esta idea, ese sólido intangible repleto de interrogantes para nuestra parte racional, cuya solución se esconde en el recoveco más divino que poseemos, a modo de valiosa piedra filosofal. Ponemos a la sombra el brillo soterrado en el ruido y en las prisas de la calle. Una luz a la que no solemos dirigir la mirada (la mirada consciente y honesta) por miedo a la ceguera, aunque – paradójicamente- ya vivamos en la más absoluta y profunda oscuridad.

En palabras de Punset, amante de lo comprobable: “La felicidad es la ausencia del miedo”. Frases revolucionarias y palabras cargadas de sabiduría que nos sacuden por dentro 360 grados y nos devuelven, justamente, al punto de partida.

¿Qué sabio erudito podría revelarnos dónde se encuentra? Nadie lo sabe, pero todos vivimos con ella. Sentándola en la mesa, y compartiéndola, o repudiándola en un desván oscuro bajo siete llaves. De la cita célebre inicial, podemos intuir que no se trata de un lugar al que tengamos que llegar, ni siquiera de una meta, una meta utópica, o un destino frustrado en el perfecto intento de alcanzarlo… En este sentido, parece  ser que todo aquello que necesitamos  no se encuentra en otro sitio que no dispongamos ya, de serie, programado en nuestro interior y esperando a sentirse útil. De modo que, como verdaderos alquimistas, albergamos la voluntad y la posibilidad de convertir en oro lo que no nos satisface, desde una mirada cristalina hacia lo que somos, en el momento que elijamos, si mantenemos viva la imaginación para lograrlo.

Sospecho que la felicidad se parece a la integridad. Tal vez la máxima congruencia con la vida, entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos en cada instante. Entendiendo la vida como un instante eterno que solo puede transcurrir en el presente. Entendiendo el presente como la oportunidad de usar todas tus armas para la completitud.

Es el arte de darnos, como se dan los astros, las olas o los árboles en el planeta, sin juzgarnos, y con el valor que ello implica. Avanzando muy conscientes de nuestra presencia mágica, práctica y necesaria en este mundo que no elegimos, pero que sí transformamos queriendo o sin querer. El destino feliz es entregarse a la plenitud del camino, el de la realización, es decir, aspirar a elevarnos a nuestra condición más real sin intentar cambiar nada de nuestra esencia en cada paso.

Tomaron por loco a quien se atrevió a decir que la tierra no era plana. Lo lógico era creer la verdad relativa y limitante que había debajo de sus pies. Sin embargo, la perspectiva de alejarnos de las ideas asfixiantes nos demostró con el tiempo – y con distancia- que la verdad absoluta a la que el intelecto pocas veces se atreve a acceder tiende a ser redonda. Como siempre, “lo de fuera” no nos deja ser quienes somos, ignorantes de que el exterior es tan solo el reflejo y la manifestación de lo que llevamos dentro.

 

 

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Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Viendo esta imagen, cuesta evitar la comparación con aquel pasaje bíblico del Apocalipsis, donde cuatro caballeros cobraban vida, en forma de alegoría,  a través del pergamino que dios sostenía en su mano derecha. 

En nuestro tiempo, estos caballeros que aderezan el post también permanecen sostenidos por una derecha -en funciones- mientras se decide el caballo ganador.

Cada uno defendía, en el relato del sagrado libro, su mayor valor a lomos de sendos caballos de color distinto en cada caso: la victoria, la guerra, el hambre y la muerte, respectivamente.

No tenemos caballería, en este segundo milenio recién estrenado, pero sí partidos -nuevos y viejos- que proclaman sus ideas beligerantes sobre colores que tiñen de creencias el espectro social.

Cabe preguntarse, siguiendo con la metáfora, qué jinete le correspondería ser a cada uno de estos políticos. A juzgar por los discursos pronunciados, en la pasada sesión de investidura, muchos podrían dilucidar quién fue el más guerrero; quién el responsable del hambre y el descontento social; quién puede representar la muerte de viejos paradigmas con sus valores por bandera o, por el contrario, quién  se alzará -según criterios personales- con la victoria. Cuestión esta última que merecerá, muy probablemente, una segunda vuelta a las urnas en próximas elecciones.

Dioses, colores y valores de otro tiempo remedados en este, a través de la historia heredada de aquellos que se enfrentaban y morían por imponer sus ideas al otro. No pocos opinan, en este siglo de aparente evolución, que hay un color y un valor por encima de todos: el del dinero. Y que no parecen importar demasiado además los principios humanos que debiera sostener un gobierno digno.

Y no sé qué error es más grave para la salud social, si la pandemia materialista o la lealtad a la parálisis dialéctica de un ayer estático. La gente hoy sigue prefiriendo mantener sus razones a ser feliz, y parece dar igual si son nuevos o viejos tonos, porque se repiten los mismos patrones en el Congreso o en la calle

 

No podemos seguir echando la culpa de aquello que falla en nuestra vida al de al lado; al político de turno (especialmente cuando no es "de tu color") o, en apelación desesperada, al mismísimo dios (en el que cada uno crea si es el caso) echando balones fuera. La responsabilidad es individual y es de todos. Cambiamos el caballo, y decimos para qué... si es "el mismo perro con distinto collar". Sí, un collar morado, rojo, naranja o azul... sin darnos cuenta del arcoíris que todos encerramos a la espera de que salga el sol. ¿Cuánto tiempo tenemos que seguir soportando la lluvia?

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Esta es la verdad que esconde cualquier velo

Yo sabía que 1986 era un año increíble, y no porque yo naciera, sino más bien porque se fue un grande, Krishnamurti. Con su marcha nos dejó un legado de inconmensurable sabiduría que solo puede acercarnos  a la única libertad y verdad posibles, la que reside en vuestro corazón.

 

La Orden de la Estrella de Oriente fue fundada en 1911 para proclamar el advenimiento del Instructor del Mundo y Krishnamurti fue designado máximo dirigente. El 3 de agosto de 1929, día de la apertura del Campamento Anual en Ommen, Holanda, Krishnamurti disolvió la Orden ante tres mil miembros. Este es el texto completo del discurso que pronunció en aquella ocasión.

Esta mañana vamos a hablar de la disolución de la Orden de la Estrella. Muchos se alegrarán y otros se sentirán más bien tristes. Esta no es una cuestión de regocijo ni de tristeza, sino que es algo inevitable, como voy a explicarlo. Seguramente recordarán la historia, cuando el diablo y un amigo caminaban por una calle y vieron frente a ellos cómo un hombre se detenía y recogía algo del suelo, lo miró y lo guardó en su bolsillo. El amigo le preguntó al diablo: «¿Qué recogió ese hombre?». «Recogió un trozo de la Verdad», le contestó el diablo. «Eso es entonces mal negocio para ti», dijo su amigo. «Oh, no, en absoluto», replicó el diablo, «voy a dejar que la organice».

Sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. Ese es mi punto de vista y me adhiero a él absoluta e incondicionalmente. La verdad, al ser ilimitada, incondicionada, inabordable por ningún camino, no puede organizarse; ni puede formarse organización alguna para conducir o forzar a la gente a seguir un sendero particular. Si desde el principio entienden eso, entonces verán cuan imposible es organizar una creencia. Una creencia es un asunto puramente individual, y no pueden ni deben organizarla. Si lo hacen, se convertirá en algo muerto, cristalizado, en un credo, en una secta, en una religión que debe imponerse a los demás. Esto es lo que todo el mundo trata de hacer. La Verdad se empequeñece y se transforma en un juguete para los débiles, para los que están sólo momentáneamente descontentos. La Verdad no puede rebajarse, es más bien el individuo quien debe hacer el esfuerzo de elevarse hacia ella. No pueden traer la cumbre de la montaña al valle; si quieren alcanzar la cumbre de la montaña, deben cruzar el valle, subir la cuesta, sin temor a los peligrosos precipicios.

De modo que esta es la primera razón, desde mi punto de vista, por la que debe disolverse la Orden de la Estrella. A pesar de esto, probablemente crearán otras Órdenes, seguirán perteneciendo a otras organizaciones que buscan la Verdad. Yo no quiero pertenecer a ninguna organización de tipo espiritual; por favor, comprendan esto. Puedo utilizar una organización que me lleve a Londres, por ejemplo, esa es un tipo de organización diferente, es simplemente mecánica, como el correo o el telégrafo. Puedo utilizar un automóvil o un buque para viajar, tan sólo son mecanismos físicos que nada tienen que ver con lo espiritual. De nuevo sostengo que ninguna organización puede conducir al hombre a la espiritualidad.

Si para este propósito se crea una organización, se convertirá en una muleta, en una debilidad, en una servidumbre que por fuerza mutila al individuo y le impide crecer, establecer su unicidad, que consiste en descubrir por sí mismo esa Verdad absoluta e incondicionada. Por tanto, esa es otra razón por la cual he decidido, como máximo responsable de la Orden de la Estrella, disolverla; nadie me ha persuadido para que tome esta decisión. Esta no es ninguna gran proeza, porque no quiero seguidores, y lo digo en serio. En el momento en que siguen a alguien, dejan de seguir a la Verdad. No me preocupa si prestan o no prestan atención a lo que digo; quiero hacer cierta cosa en el mundo y voy a hacerlo con resuelta determinación. Mí único interés es una cosa esencial: Hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas sus jaulas, de todos sus temores, y no crear religiones, nuevas sectas, ni establecer nuevas teorías o filosofías. Como es natural, me preguntarán por qué recorro el mundo hablando constantemente. Les diré por qué razón lo hago. No por qué desee seguidores, no por qué desee un grupo especial de discípulos selectos. [¡Cómo les gusta a los hombres ser diferentes de sus semejantes, por ridículas, absurdas o triviales que puedan ser sus distinciones!] No quiero alentar ese absurdo. No tengo discípulos ni apóstoles, ya sea en la Tierra o en el reino espiritual. Tampoco es la tentación de dinero, ni tampoco me atrae el deseo de vivir una vida cómoda. ¡Si quisiera llevar una vida cómoda no vendría a este Campamento ni viviría en un país húmedo! Estoy hablando con toda sinceridad porque quiero que esto quede claro de una vez por todas; no deseo que estas discusiones infantiles se repitan año tras año.

Un periodista que me entrevistó, consideraba un acto grandioso disolver una organización en la cual militan miles y miles de miembros. Para él, era una gran acción, porque me dijo: «¿Qué hará usted después, de qué vivirá? No tendrá seguidores, la gente dejará de escucharle». Con que sólo haya cinco personas que escuchen, que vivan con sus rostros mirando hacia la eternidad, será suficiente. ¿De qué sirve tener miles que no comprenden, que están por completo embalsamados en prejuicios, que no quieren lo nuevo, sino que prefieren traducir lo nuevo para que se ajuste a sus propias personalidades estériles y estancadas? Si hablo enérgicamente, por favor, no me malinterpreten, no es por falta de compasión. Si acuden a un cirujano para operarse, ¿es una falta de amabilidad si al operarle le causa daño? De la misma manera, si hablo con claridad no es por falta de verdadero afecto, sino todo lo contrario.

Como he dicho, sólo tengo un propósito: Hacer que el hombre sea libre, impulsarlo hacia la libertad, ayudarle a romper todas sus limitaciones, porque sólo eso le dará la felicidad eterna, le dará la realización de sí mismo libre de condicionamiento.

Porque soy libre y no tengo condicionamiento, todo, no una parte, no lo relativo, sino toda la Verdad que es eterna, deseo que aquellos que buscan comprenderme sean libres; no para que me sigan, no que hagan de mí una jaula para convertirla en una religión, en una secta. Más bien deben liberarse de todos sus miedos: del miedo de la religión, del miedo de la salvación, del miedo de la espiritualidad, del miedo del amor, del miedo de la muerte, del miedo de la vida en sí misma. Así como un artista pinta un cuadro porque se deleita al pintarlo, porque es su propia expresión, su gloria, su satisfacción, de la misma forma yo hago esto, y no porque quiera nada de nadie. Están acostumbrados a la autoridad o a la atmósfera de autoridad, y creen que les conducirá a la espiritualidad. Creen y esperan que otro, por sus extraordinarios poderes, por un milagro, podrá trasportarles al reino de la eterna libertad que es la Felicidad. Toda su perspectiva de la vida se basa en esa autoridad.

Me han escuchado durante tres años sin que haya surgido ningún cambio, salvo en unos pocos. Ahora, consideren lo que estoy diciendo, sean críticos para que puedan comprenderlo completa y fundamentalmente. Si buscan una autoridad para que les conduzca a la espiritualidad, automáticamente se obligan a construir una organización alrededor de esa autoridad. Pero por la creación misma de esa organización, la cual creen que ayudará a esa autoridad para que les guíe a la espiritualidad, quedarán atrapados en una jaula.

Estoy hablando con toda franqueza, por favor, recuerden que es así, y no desde la dureza, la crueldad o el entusiasmo de mi propósito, sino porque quiero que comprendan lo que estoy diciendo. Esa es la razón por la que están aquí, y sería una pérdida de tiempo si no explicara claramente, con decisión, mi punto de vista. Durante 18 años se han preparado para este acontecimiento, para la venida del Instructor del Mundo. Durante 18 años se han organizado, han esperado a alguien que viniera a darles una nueva dicha a sus corazones y mentes, que transformara toda su vida, que les diera una nueva comprensión; a alguien que les elevara a un nuevo nivel de la vida, que les diera un nuevo estímulo, que les hiciera libres, ¡y miren lo que está sucediendo ahora! Consideren, razonen por sí mismos y descubran de qué forma esa creencia les ha hecho diferentes, no hablamos de diferencias superficiales como llevar una insignia, lo cual es trivial y absurdo. ¿De qué forma una creencia como esa ha eliminado todas las cosas no esenciales de la vida? Esa es la única manera de valorarlo: ¿En qué forma son más libres, mejores, más peligrosos para cualquier sociedad basada en lo falso y lo no esencial? ¿De qué forma los miembros de la Organización de la Estrella son diferentes? Como decía, durante 18 años se han preparado para mi venida. No me preocupa si creen o no que soy el Instructor del Mundo, eso tiene muy poca importancia. Desde el momento en que pertenecen a la Organización de la Orden de la Estrella, han dado su apoyo, su energía, aceptando que Krishnamurti es el Instructor del Mundo, parcial o totalmente; totalmente para aquellos que realmente están buscando, y sólo parcialmente para aquellos que están satisfechos con sus propias medias verdades.

Durante 18 años se han preparado, y miren cuántas dificultades tienen para comprender, cuántas complicaciones, cuántas cosas triviales. Sus prejuicios, sus miedos, sus autoridades, sus nuevas o viejas iglesias, todas estas cosas, sostengo, son una barrera que impide la comprensión. No puedo decirlo de forma más clara. No quiero que estén de acuerdo conmigo ni que me sigan, sino que comprendan lo que digo. Esa comprensión es necesaria, porque sus creencias no les transformarán, sólo les complicarán porque no están dispuestos a afrontar las cosas como son. Lo que desean es tener sus propios dioses, nuevos dioses en lugar de los viejos, nuevas religiones en vez de las viejas, muevas formas en vez de las viejas; todas cosas inútiles, barreras, imitaciones, muletas. En lugar de las viejas distinciones espirituales tienen nuevas distinciones espirituales, en lugar de los viejos cultos tienen nuevos cultos. Todos dependen de algún otro para su espiritualidad, para su felicidad, para su iluminación; y aunque durante 18 años se han estado preparando para mi venida, cuando digo que todas estas cosas no son necesarias, cuando digo que deben descartarlas y deben mirar dentro de sí mismo para la iluminación, para la gloria, para la purificación y la incorruptibilidad del ser, ninguno de ustedes está dispuesto a hacerlo. Puede que haya unos pocos, pero muy, muy pocos. ¿Para qué, entonces, tener una organización?

¿Por qué personas falsas, hipócritas me han seguido, siguen la encarnación de la Verdad? Recuerden, por favor, que no estoy diciendo las cosas con dureza o crueldad, sino que hemos llegado a una situación en la que deben afrontar las cosas tal como son. El año pasado dije que no transigiría; en aquel momento muy pocos me escucharon. Este año lo expongo con toda claridad. No se cuántos miles en el mundo, miembros de la Orden, han estado preparándose para mi venida durante 18 años, sin embargo, ahora no están dispuestos a escuchar incondicional y totalmente lo que digo.

Como decía antes, mi propósito es hacer que los hombres sean incondicionalmente libres, porque sostengo que la única espiritualidad es la incorruptibilidad del propio ser, que es eterno, que es la armonía entre la razón y el amor. Esa es la absoluta e incondicionada Verdad que es la Vida misma. Deseo, por tanto, que el hombre sea libre, que se regocije como el pájaro en el cielo claro; libre de toda carga, independiente, inamovible en esa libertad. Y yo, para aquellos que se han estado preparando durante 18 años, ahora les digo que deben liberarse de todas las cosas, liberarse de sus complicaciones, de sus enredos; y para esto, no necesitan ninguna organización basada en una creencia espiritual. ¿Por qué tener una organización para cinco o diez personas en el mundo que comprendan, que trabajan, que han desechado todo lo trivial? Y para los débiles, no puede haber ninguna organización que les ayude a encontrar la Verdad, porque la Verdad está en cada uno de nosotros; no está lejos ni cerca, está eternamente ahí.

Las organizaciones no pueden hacernos libres. Ningún hombre desde fuera puede hacernos libres; ningún culto organizado ni el propio sacrificio para una causa puede hacernos libres; ni formar parte de una organización o dedicarse a un trabajo puede hacerles libres. Utilizan una máquina para escribir su correspondencia, pero no la ponen en un altar para adorarla; sin embargo, esto es lo que hacen cuando las organizaciones se convierten en su principal interés.

«¿Cuántos miembros tiene?» Esta es la primera pregunta que me hacen todos los periodistas. «¿Cuántos seguidores tiene? Dependiendo del número decidiremos si lo que dice es verdadero o falso». No sé cuántos miembros hay, no estoy interesado en esto. Como dije, con que un sólo hombre se liberara, sería suficiente.

Además, tienen ustedes la idea de que tan sólo ciertas personas posee la llave del Reino de la Felicidad. Nadie la tiene; ninguna autoridad tiene esa llave. Esa llave es el propio ser de cada uno, y únicamente en el desarrollo, en la purificación y la incorruptibilidad de ese ser, está el Reino de la Eternidad.

Así pues, se darán cuenta de lo absurda que es toda la estructura que han construido buscando ayuda externa, dependiendo de otros para su propio bienestar, para su propia felicidad, para su propia fortaleza. Estas cosas sólo pueden encontrarlas dentro de sí mismos.

¿Para qué pues tener una organización?

Se han acostumbrado a que les digan cuánto han avanzado, cuál es el grado de espiritualidad que tienen; ¡qué bobada! ¿Quién, sino ustedes mismos, puede decirles si son hermosos o feos internamente? ¿Quién sino ustedes mismos puede decir si son incorruptibles? No son serios en estas cosas.

¿Para qué pues tener una organización?

Pero aquellos que realmente deseen comprender, que traten de descubrir lo que es eterno, caminarán juntos con mayor intensidad, y serán un peligro para todo lo que no sea esencial, para las irrealidades, para las sombras. Se unirán y serán como una llama porque habrán comprendido. Debemos crear un grupo así, y ese es mi propósito. Debido a esa verdadera comprensión habrá verdadera amistad. Debido a esa verdadera amistad, que al parecer no conocen, habrá verdadera cooperación de parte de cada uno. El motivo no será ninguna autoridad, ninguna salvación, ningún sacrificio por una causa, sino porque realmente han comprendido y, en consecuencia, son capaces de vivir en lo eterno. Esto es más grande que todo placer y todo sacrificio.

De modo que estas son algunas de las razones, después de haberlo considerado cuidadosamente durante dos años, que me han llevado a tomar esta decisión. No se trata de un impulso momentáneo; nadie me ha persuadido, no me dejo persuadir en cosas como estas. Durante dos años lo he pensado con calma, cuidadosamente, pacientemente, y he decidido disolver la Orden, puesto que soy el máximo responsable. Pueden formar otras organizaciones y esperar a algún otro. Esto no me concierne, como tampoco me concierne crear nuevas jaulas y nuevas decoraciones para esas jaulas. Mi único interés es hacer que los hombres sean absolutamente, incondicionalmente libres.

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